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Mi chamba como Santa


Armando Caicedo | 12/17/2015, 10:47 a.m.

¡Acabo de sentir el milagro de la Navidad!

Durante tres meses estuve buscando un tercer empleo (de medio tiempo), para poder hacer mis compras de Navidad.

Pero todas las posiciones disponibles exigían demasiados requisitos y “experiencia demostrable”.

El trabajo más sencillo, me lo ofreció un restaurante de comida rápida, pero me demandó “no menos de cinco años de experiencia en voltear hamburguesas”.

Otra oportunidad de trabajo me pareció un tris más sofisticada. Me exigía, “además de ser totalmente abstemio, un master en psicología y experiencia mínima de 12 años como consejero de pareja”. El trabajo era para atender el “happy hour”, en un bar de solteronas.

Donde exigen más requisitos es en el “partido del té”, con motivo de las elecciones del 2016. Antes de la entrevista me pidieron certificados para demostrar que soy “virgen, abstemio, casto, republicano y que tengo licencia para disparar un fusil de asalto M16, del calibre 5.56 mm.” La posibilidad de empleo es más alta, si en mis antecedentes muestro alguna condena por intolerancia o racismo”.

Ya estaba dispuesto a celebrar esta Navidad del 2015, por allá en el otoño del 2016, cuando recibí un email que me devolvió la fe en el milagro de la Navidad.

“Estimado desempleado: Estamos abriendo posiciones para personas de gran corazón que les guste trabajar con niños. Ambiente familiar. A quienes califiquen se les dotará de uniforme de trabajo. No se exigen estudios universitarios, sólo una paciencia a toda prueba. No se requieren estudios en lenguas extranjeras. Ni siquiera hablar. Para la entrevista debes aprenderte, de memoria, una sola frase: “Ho, Ho, Ho, Ho”, y pronunciarla con tal entusiasmo que seas capaz de contagiar con el espíritu de la Navidad, incluso a un pelotón de fanáticos yihadistas de Al Qaeda”.

Me advirtieron que el mes de trabajo, me lo pagarían el 30 de enero. Eso me pareció maravilloso, porque así puedo hacer mis compras de Navidad en la primera semana de febrero.

Pasé cinco días ensayando -día y noche- la dichosa frase, con tal éxito, que me gané la penúltima de las 572 posiciones que ofrecieron.

Yo -que poseo la contextura física de una lombriz solitaria- me tocó echar mano a tres almohadas de plumas para rellenar el uniforme de Santa.

Ahora me siento feliz, sin importar que padezco 12 horas de tortura cada día, sentado en un centro comercial. Casi no puedo ni respirar por la barba de pelos de acrílico y sudo -como un vulgar lechón al horno- consumido entre el uniforme de Santa. Para más tortura, me coronan con una peluca blanca, más el tradicional gorro encarnado del que cuelga una bolita.

Cada día tengo que sentar en mis rodillas un promedio de trescientos niños. De ellos, por lo menos la mitad se sienten tan cómodos y en casa, que sin la menor vergüenza alivian sus vejigas sobre mi pantalón.

Cuando siento esa sensación húmeda, grito para distraerme: “Ho, Ho, Ho, Ho”.

(fin)

VERBATIM

“Para mi fortuna, Santa no se aparece sino un sola vez cada año, para acabar de exprimir mis tarjetas de crédito”

Por: © 2015 Armando Caicedo

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