El árbol del bien y del mal


Armando Caicedo | 12/30/2015, 11:06 a.m.

Hoy empecé a desbaratar el árbol de Navidad. Si la próxima semana no aparezco a trabajar quizás resulté accidentado. Y no es un pretexto. Mi asesor de seguros afirma que todas las maniobras relacionadas con el árbol de Navidad, son riesgosas y pueden causar serios accidentes.

Yo no creo en las estadísticas –mucho menos en las estadísticas políticas en un año de elecciones- pero el organismo federal que lleva las estadísticas de las visitas a Salas de Emergencia, afirma que miles de personas, tan despistadas como yo, van a parar a los hospitales por accidentes graves relacionados con el dichoso árbol.

  • Mijo -metió la cucharada la tía Filomena- ¿eso quiere decir que existe una gran posibilidad de morir por causa del arbolito?

  • Pues tía, no sé cómo explicarle. Pero para no meterme en líos… pues sí y pues no.

  • Ahí está usted pintado, cretino, ¿al fin sí, o al fin, no?

  • Es que no existe información sobre los riesgos del árbol. En cambio, cualquiera puede consultar, las estadísticas, para saber qué tanta posibilidad tiene uno de morir de un “flu”: 1 de cada 63 personas aquejadas de gripe, mueren, cada año. Incluso se conoce qué tanta posibilidad tiene uno de morir entre las quijadas de un tiburón: 1 entre 3 millones 700 mil. Pero no existen estadísticas serias que muestren los accidentes sufridos por los millones de despistados que cada año nos lesionamos, durante la decoración y desmontaje del árbol de Navidad.

Para tranquilizar a la tía Filomena y a mis cinco lectores, les compartiré algunas anécdotas relacionadas con el árbol, que, como dicen en las telenovelas, “son historias arrancadas de la vida real”.

Empiezo con el caso de mi primo Filarmonio, quien padece de severa alergia al olor del pino. Eso le causa, asma bronquial, rasquiña en sus partes nobles e incontinencia urinaria.

Un sobrino nieto de la tía Filomena, se tragó dos focos que iluminaban el árbol. Se los descubrieron cuando apagaron la luz en la Sala de Emergencia y los bombillitos empezaron a titilar entre la panza del escuincle.

Miles de personas, sufren gravísimas caídas de escaleras de mano, en el intento de colocar la estrella, en la punta del árbol. Según testimonio del tío Epaminondas, “como resultado de semejante porrazo, quedé viendo estrellas”.

Otras miles de personas terminan uniendo los cables que no eran, o metiendo el dedo en el agujero eléctrico que sí era y resultan electrocutadas.

También es frecuente que niños y ancianos sufran contusiones cuando el árbol se desploma, al no resistir el peso del tío gordo y borracho, que decidió recostarse contra el tronco.

El único que en mi casa se pone triste con la botada del árbol es Nerón -mi perro pastor chihuahuense-. Es que me supongo que en su mente canina, el animalito piensa que para la Navidad le regalan un “orinal portátil”. ¡Ay! Cuando pillé a este perro vagabundo levantando la pata para aligerar su vejiga, esa visión casi me provoca un infarto.

(fin)

VERBATIM

“- Niño, ¿por qué a Santa lo llaman Papá Noel?

  • Porque los regalos los paga mi papá y no él”

Por: © 2015 Armando Caicedo

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