Comprar es un pecado placentero


Armando Caicedo | 1/21/2016, 10:20 a.m.

Salir de compras es una enfermedad tan adictiva como deliciosa.

Yo ya conozco la rutina. La tía Filomena sale con el pretexto de “dar una vueltita”. Visita todas las tiendas y, cuatro horas más tarde -más doscientos dólares, menos- retorna a su casa con diez bolsas y, exactamente, con todo lo que no necesita... (Bueno, a veces también compra lo mismo que compró la semana anterior).

  • Tía, ¿por qué compras tantas camisas del mismo modelo, de la misma talla, de la misma marca y del mismo color, si ya tienes veinte, iguales?

  • ¡Ay, sobrino! Es que en las tiendas, cualquier señorita honesta, como yo, la hacen caer en la tentación, y uno pierde la noción del tiempo y la noción del dinero. Por más de que una cruce la pierna y se aguante, y jure que no vino sino a mirar, llega el momento en que se me sale el ser humano, el “yo pecador”, y es entonces cuando aparece el diablillo que te hace caer en la tentación del consumismo... Y entonces, vuelvo a estirar la tarjeta de crédito y me transformo en una capitalista salvaje.

  • ¿Y no te da remordimiento?

  • Para que te voy a decir que no, si, sí... pero al momento de pagar, me santiguo, y le pido a Dios que todo esto me lo apunte como mi contribución para la recuperación económica de esta maravillosa Nación.

Después de esta explicación tan honesta de mi tía, concluí: Primero, todos somos compradores compulsivos. Segundo, comprar es una suerte de gozo pagano.

En diciembre llegué a mi casa con un aparato electrónico al que le parpadean seis lucecitas, tiene una antena muy mona y en ocasiones vibra . Lo he examinado por arriba y por abajo y hasta ahora no tengo idea para qué diablos sirve… pero lo compré porque estaba en “sale”. La tentadora oferta decía “Rebaja del 90% del precio original”. Ayer lo intenté devolver, pero me señalaron que en la factura decía con claridad “no se admite devolución”.

  • Señorita, ¿y ahora, qué hago?

  • Como cliente valioso para nuestra tienda, le daré dos opciones: Primera, regrese a su casa con el aparatito y disfrútelo. La segunda, llame a los fabricantes, a Shandgon. Ellos son muy amables, pero hay que hablarles en chino mandarín.

Tengo la certeza que esta maravillosa tentación de comprar nos ataca a todos los patriotas, en todos los pueblos de América.

Mi prima Apolonia -que vive al sur, del sur de la Florida- guarda en su clóset seis abrigos de invierno?

  • Querida Apolonia, ¿por qué tienes tantos abrigos sin estrenar?

  • Porque estaban en “sale”. Y con esto del “recalentamiento global”, quién quita que algún día caiga sobre Miami una ola de frío polar.

Tengo una amiga íntima, muy ardorosa ella, que conocí en el Facebook. Me ha mostrado fotos donde la muy picarona exhibe su colección de bikinis, del modelo “hilo dental”. (Me confesó que los compra baratísimos, por internet, porque ella vive en Alaska)

(fin)

VERBATIM

“La gran duda que me consume es, si resulta más barato ir al siquiatra para que me trate mi “trastorno de comprador compulsivo”, o salir de compras”

Por: © 2016 Armando Caicedo

www.Humor.US.com