El Latino San Diego
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No le creo a nadie


Armando Caicedo | 1/28/2016, 10:24 a.m.

¿Será que estoy perdiendo la fe?.

Antes, yo le creía a los políticos, le creía a los economistas, creía en las promesas de las campañas electorales y hasta le creía a Trump y sus dos aterradoras afirmaciones: que “Obama nació en Kenya” y que el moreno “es un musulmán disfrazado de presidente”.

Ahora no le creo a nadie. Ni siquiera al tipo que presenta el estado del tiempo en la tele.

Y eso último sí es bien preocupante. Porque si uno pierde la fe en el güey que trata de adivinar cuál es el estado del tiempo en este momento, ¿cómo le vas a creer en sus pronósticos para el resto de la semana?

Ahí está el desastre de esta Navidad. Como yo escuché que estábamos en la época de la “blanca Navidad”, fui a trabajar disfrazado de esquimal: abrigo de lana virgen, calzoncillos termales de esos de amarrar al dedo gordo, mi gorro de explorador del ártico, botas peludas, bufanda y guantes. Resultado: ¡Qué calor tuve que soportar!

Como el frío no apareció y la Navidad estuvo tan caliente, la disfruté en shorts y camiseta playera. Incluso algunas personas vieron a Santa sin su abrigo rojo, con anteojos para el sol y sandalias.

Ante esta Navidad sin asomo de frío, quedé convencido que junto con los osos polares y los pingüinos, éramos víctimas del “recalentamiento global”. Así que decidí regalar al “Salvation Army”, toda mi inútil ropa de invierno. Apenas guardé mi gorro de lana y mis calzoncillos termales entre hediondas bolas de alcanfor, para que no se los merienden las polillas.

Pero de súbito se terminó ese extraño “verano en invierno”. El güey del estado del tiempo empezó a aparecer en la pantalla, con cara de pánico, y para empeorar la situación, mi jefecito me ordenó escribir sobre “las nevadas del siglo”.

Camino de mi casa pasé por el supermercado a comprar la leche para el desayuno cuando ¡Oh sorpresa! Me sentí transportado a Venezuela. En otras palabras no había productos en las estanterías y dos señoras talla XXXL estaban trenzadas en un combate cuerpo a cuerpo, agarradas cada una del extremo de un pollo flaco, pero congelado. Se disputaban este par de vicarias la última ave de corto vuelo que atesoraba este supermercado.

Le pregunté al vigilante ¿qué acontece?”. El tipo me empujó a la calle, al mismo tiempo que gritó: “estamos cerrando, ya viene Jonás”.

Desde que llegó el tal “Jonás”, no volví al periódico. Una montaña de nieve cubre mi ventana, y ni siquiera puedo fisgonear a mi vecina. El aislamiento por la tormenta de nieve ha sido tan grave, que incluso descubrí que ya me hace mucha falta mi jefecito. Y como no estaba preparado para resistir tantos días sin ir de compras al súper, me alimento con media docena de latas de comida para gato que encontré en la alacena.

A propósito, ¿no nos juraron que estamos en la época del recalentamiento global?. Bueno, por esas falsas alarmas, ahora tampoco les creo a los ambientalistas.

(fin)

VERBATIM

“Un pronosticador del tiempo no es un tipo brillante, simplemente tiene su ignorancia mejor organizada”

Por: © 2016 Armando Caicedo

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