Por la época que yo entré a la adolescencia (con mi paquete de hormonas masculinas aún sin estrenar), una compañerita de la escuela, logró sacudirme todo mi “sistema parasimpático”.

¡Qué ignorante! En esa época, yo no sabía para qué diablos sirve el tal “sistema parasimpático”

(Ahora, tampoco) pero yo sentía que cuando ella me miraba, mi testosterona intentaba hacerse la simpática.

Quedé tan enamorado, que hice votos de “abstención total hasta el matrimonio”.

Claro, para atender los altos costos de enamorarla, me tocó abstenerme de casi todo: salidas a cine, compra de videojuegos, alquiler de películas, hamburguesas y sodas. (Como esa abstención no alcanzó para pagar su regalo de “quinceañera”, tuve que romper el chancho donde guardaba los ahorros para comprarme una bicicleta)

Quinientos dólares más tarde, vencí mi timidez y pronuncié –con voz temblorosa- estas tres históricas palabras:

  • Ernestina, te quiero

Ella me respondió con ocho:

  • Yo también te quiero… pero sólo como amigo.

¡Guau!

Advertencia: Cualquier parecido de esta frustración, con las promesas de algunos políticos es lamentable coincidencia.

Si la primera frustración de amor me resultó inolvidable, la siguiente tampoco la he podido olvidar.

Esa segunda vez me propuse a llenarme de méritos para enamorarla.

(En las fiestas bailaba con mi suegra. Invitaba a mis cuñados a un antro, con todo pago. Escuchaba boquiabierto los aburridos comentarios de mi suegro que siempre empezaban con “…por allá en mi época…”)

A los dos años, me olí que había llegado el momento. Entonces la invité a un restaurante carísimo y antes de pedir la cuenta, pronuncié estas tres palabras:

  • Rudesinda, te amo.

La traidora me respondió con once:

  • Yo paro aquí, porque creo que las cosas van muy en serio

Advertencia: Cualquier parecido de esta reacción, con las de algunos políticos a quienes se les pide ayuda para el “Dream Act”, es lamentable coincidencia.

La tercera frustración me sucedió cuando yo ya me sentía un campeón en las artes de la conquista.

Por esa época ya ajustaba catorce años de novio. Una tarde logré vencer mi timidez y le dije a mi chava estas cuatro palabras:

_- Inocencia, ¿te casas conmigo?

Ella me respondió con estas once palabras:

  • ¡Aguas! Vas muy rápido. Una necesita tiempo y espacio.

Advertencia: Cualquier parecido entre la respuesta de la Inocencia, y las respuestas de algunos políticos sobre la reforma migratoria es lamentable coincidencia.

Veinte años más tarde, me volví a topar con la Ernestina, (la culpable de mi primera frustración). Sin importarme que la chava ya era una matrona obesa, dos veces divorciada, madre de dos hijas orejonas que exhibían un horrendo acné juvenil, me le acerqué –emocionado- y le susurré al oído estas cinco palabras:

  • Ernestina ¿te acuerdas de mí?

La ingrata me respondió con éstas veintiún palabras:

  • Tu cara es inolvidable. La acabo de ver en la oficina de correos, en la lista de “los diez mas buscados”.

Advertencia: Cualquier parecido de esta historia, con la persecución implacable de trabajadores indocumentados… es lamentable coincidencia.

Cuando por fin me casé pude reconocer que esposa es “alguien que te quiere incluso después de conocerte”.

¡Que coincidencia! Político es ese tipo a quien todavía le creemos… pese a conocerlo.