Por María Marín

Pregúntale a cualquier madre cuál es la experiencia que más orgullo le ha hecho sentir en su vida y sin duda, te dirá: “mis hijos son mi gran orgullo”. Y es que las frustraciones, las noches en vela y todos los sacrificios que ha vivido son más gratificantes que cualquier meta alcanzada, trofeo ganado o fortuna acumulada. Ser madre es el trabajo más difícil pero a la vez el mejor del mundo.

Conozco detalladamente la impresionante historia de una señora que sin ser la tradicional madre puede sentirse orgullosa de ser la mejor mamá. Esta mujer soltera conoció a un joven viudo quien tenía tres hijos muy traviesos, malcriados y desobedientes; una niñita de 11 años y dos varoncitos de 12 y 13. Aún así, ella decidió casarse y aceptó el reto. No fue fácil comenzar una familia, de la noche a la mañana, con tres “diablitos” que la rechazaban, le hacían maldades, no la respetaban y la hacían sufrir. Cada noche antes de irse a dormir le pedía a Dios la fuerza para poder seguir criando a estos tres rebeldes, y los dos hijos propios que venían en camino.

Estoy segura que muchas veces se preguntó si había cometido un error en haberse metido con aquel viudo y su “paquete”. Quizás en muchas ocasiones deseó “desaparecerse” como el conejo de un mago, pero jamás lo dejo saber.

Hoy día doy gracias a Dios que ella tuvo la paciencia y sabiduría de continuar luchando, pues la niña huérfana de 11 años, que ella crió, ¡era yo! Después de años de sacrificio, amor y dedicación, ella supo ganarse mi amor y crear un lazo familiar del cual se siente extremadamente orgullosa.

Quizás te preguntas: ¿Qué motivó a esa mujer a seguir la batalla y no darse por vencida? ¡El orgullo de mujer!, que le recuerda que está capacitada para superar cualquier reto que llegue a su vida. Por eso, si estás enfrentando una situación difícil como madre, no te olvides que tú eres más fuerte de lo que imaginas y que el amor que sientes por tus hijos lo supera todo.

Reflexiona en todos los sacrificios que has hecho; cambiaste el delineador de ojos por ojeras, el pelo “planchado” por uno despeinado, noches de fiesta por trasnochar dando biberones y carteras de moda por bolsas para pañales. Pero cualquier trabajo que hagas por tus hijos –por más duro que sea- vale la pena. Sin duda, no tiene precio la satisfacción que sientes cuando tu hijo te dice lo que yo le digo a la mujer que me crió: “Te quiero mucho y estoy orgullosa de que seas mi mamá”.

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