La tía Filomena. se esfumó hace meses, luego de anunciar que se alistaría en las fuerzas de choque del «partido del té».

Primero, se volvió tan obsesiva con lo del té, que en su casa dejaron de ofrecer café con leche y batidos de mango y guanábana, como era usual. Ya ni siquiera ofrecen una modesta “chela”. Ahora todos bebemos té, como si después de 236 años de independencia, volviéramos a ser súbditos del imperio británico.

Lo más grave sucedió el domingo pasado. La vieja invitó al tradicional almuerzo después de misa. Los veintitantos primos y parientes políticos nos alistábamos para cucharear su delicioso sancocho, cuando la vieja apareció con su cara de sheriff de Maricopa y nos pidió un documento de identificación, con foto.

No valieron las protestas de algunos parientes que defendieron, con ardor, nuestro sagrado derecho a comer sancocho, sin identificarnos.

Yo, que me ufano de ser el sobrino preferido de la vicaria y posible heredero de las deudas que la vieja no alcance a pagar en esta vida, fui una de las víctimas. La tía miró mi licencia de conducir con un ojo, al tiempo que con el otro, me examinó de cabo a rabo.

  • Lo siento joven, usted no se parece a la foto de esta licencia.

  • Pero tía, esa foto me la tomaron hace quince años.

  • ¡Comprenda cretino! Esta es una medida de seguridad necesaria. No queremos que ningún extraño se vaya a colar en nuestros almuerzos de integración familiar.

  • ¿Integración? Tía, ya perdimos la cuenta de cuántos años tienes, pero a juzgar por tu soltería, ningún extraño se ha interesado en colarse a esta casa a probarte el sancocho.

¡Qué coincidencia! A nivel nacional está ocurriendo una epidemia de terror similar.

17 estados han impuesto la obligación de tener una identificación válida y con foto, para poder votar.

Esa medida, impulsada por legisladores republicanos, afectará a cerca de 10 millones de ciudadanos de origen hispano que, además de tener el deber constitucional de votar, poseen ese derecho.

Los amigos de estas medidas restrictivas alegan que eso impedirá que personas que han perdido el derecho a votar, o los indocumentados, intenten votar.

¿Entonces el nuevo terror es que millones de indocumentados pudieran votar?

La Revista “Mother Jones” coloca en su verdadera dimensión el “temor al fraude”.

Entre el año 2000 y el 2010, se reportaron:

  • 47.000 apariciones de OVNIS

  • 441 Americanos fueron muertos por un rayo

  • 649 millones de Americanos votaron en elecciones generales

  • Y se comprobaron apenas 13 casos de fraude, por suplantación de identidad.

¿Será que esos 13 casos -sucedidos en 10 años- justifican desatar el terror de una epidemia de fraude electoral en Estados Unidos?

Si la democracia es participación –donde cada ciudadano tiene derecho a un voto- esas medidas restrictivas son un grosero atentado contra la democracia.

Si aceptamos ese cuento, los 4 millones de bebés que llegan a este país cada año se considerarán “indocumentados” hasta tanto sus padres no les tramiten su primer documento con foto. (Nota: No se aceptan ecografías del bebé durmiendo la siesta en el vientre de su madre)

Con tantos obstáculos para votar, a cualquiera se le quita el apetito por la democracia, tal como ocurre con el sancocho de la tía Filomena.

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(fin)

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VERBATIM

“La democracia es el arte de elegir entre lo desastroso y lo desagradable”

John Galbraith

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