Sonia Sotomayor, la primera juez hispana en el Tribunal Supremo de EE.UU., recuerda en un nuevo libro de memorias las dificultades que marcaron su infancia y su carrera profesional y que le ayudaron a forjar «fortalezas insospechadas».

El libro, titulado «My Beloved World» («Mi mundo adorado») y que estará disponible a partir del martes en las librerías del país, revive la sensación de Sotomayor cuando entró a la Universidad de Princeton «por una puerta especial», la de una beca destinada a equilibrar el número de estudiantes pertenecientes a minorías.

«Me sentía como un extraterrestre aterrizando en un universo diferente», dijo en una entrevista que hoy publicó The New York Times.

La juez de 58 años, que hizo historia al ser nombrada en 2009 por el presidente Barack Obama como una de los nueve magistrados del Supremo, escribe en sus memorias que en sus años en Princeton, y más tarde en Yale, estuvo rodeada de «buitres preparados para lanzarse» sobre ella «cuando cayera».

Pero ella siempre defendió el programa, que abrió puertas a hispanos y negros a un tipo de educación con el que no se atrevían a soñar.

«No tenía por qué disculparme porque esa beca de miras abiertas que tenían Princeton y Yale me hubiera abierto puertas. Ése era su objetivo: crear las condiciones por las que los estudiantes en situación de desventaja pudieran llegar al punto de partida de una carrera que muchos desconocían que estuviera organizada», relató.

Las memorias de Sotomayor, publicadas tanto en inglés como en español, apenas incluyen referencias a su trabajo en el Supremo, ya que concluyen con su llegada al tribunal federal del Distrito de Manhattan (Nueva York), en 1992.

En su lugar, la juez dedica casi la mitad del libro a describir su infancia en el seno de una familia puertorriqueña en el barrio neoyorquino del Bronx.

Sotomayor tenía ocho años cuando le diagnosticaron diabetes y tuvo que aprender a ponerse sola las inyecciones de insulina, porque a su padre, que murió de alcoholismo un año después, le temblaban demasiado las manos.

La magistrada define su infancia como «un estado de constante tensión salpicado de discordia explosiva a causa del alcoholismo de mi padre y la correspondiente reacción de mi madre, ya fuera la lucha familiar o la huida emocional».

«Podemos sacar provecho de la adversidad, aunque no lo vemos hasta que lo ponemos a prueba. Ya sea una enfermedad grave, penurias económicas o la simple barrera de unos padres con dominio limitado del inglés, las dificultades pueden forjar fortalezas insospechadas», escribe.

Sotomayor recuerda cómo empezó a leer libros en inglés por su cuenta, cómo aprendió a «escuchar y observar detenidamente» a los adultos y cuál era el ancla que la mantenía a flote: su abuela.

La juez también recoge sus fracasos, como su divorcio en 1983 y la decepción que sintió cuando, después de unas prácticas de verano en una firma de abogados, fue la única becaria que no recibió un contrato a tiempo completo.

«Si escribo un libro sólo sobre el éxito que he tenido, la gente no va a aprender nada positivo sobre él. Si soy honesta, tengo que reconocer mis propios errores, tanto en mi matrimonio como en mi entorno de trabajo», señaló Sotomayor al Times.