Cuando las damas desean reclamar un espacio en la sociedad, se inventan formas muy peculiares para hacerse notar.

En los años 60’s, las mujeres se declararon en pie de guerra a favor de la liberación femenina. Para notificar su independencia de los hombres, se despojaron de sus portásemos y desfilaron -las muy majas- bamboleando sin pudor sus dotaciones glandulares.

Ahora, en pleno Siglo 21, surge un movimiento de “mujeres indignadas” que para reafirmar su identidad de género y su peso específico en la sociedad acaban de notificarnos que se dejarán crecer los pelos.

Es la forma de protestar contra un mundo donde los patrones de la belleza los establecen la publicidad y las multinacionales que fabrican productos cosméticos. Esas mujeres se rebelan contra la poderosa maquinaria del mercadeo que las presionan a consumir cosméticos bajo la amenaza de ser señaladas por la sociedad como “feas”.

Abrumadas por la vanidad femenina y la dictadura del “qué dirán”, ellas se gastan lo que no tienen para tinturarse el pelo de rubio, para pavimentarse la cara con cremas anti arrugas y para torturar sus rebeldes gorditos con dietas y fajas, amén que despilfarran sus ahorros en el intento de eliminar cualquier rastro de pelos (aquí arriba, allá en el medio y acullá en el sótano de sus anatomías)

En ese ambiente de hostilidad contra las “feas” se reafirma el principio que “no hay mujeres feas, sino damas casadas con maridos tacaños”.

¡Basta! ¡No somos objetos sexuales! Gritan Y para hacer sonar los tambores de guerra, exhiben orgullosas sus axilas, ahora pobladas con esos cultivos desorganizados de pelos indecentes. Incluso se dejan crecer sobre el labio superior unos bigotes dignos del Pancho Villa. Y hasta descuidan la higiénica depilación que solían realizarse sobre el área de candela, cuando lucían sus eróticos bikinis, del modelo “hilo dental”.

Con semejante exhibición impúdica de todos sus pelos, ellas pretenden romper los patrones de belleza que desde los tiempos de los egipcios, los griegos y los romanos, se impusieron para las mujeres.

Incluso durante el Renacimiento, el concepto de belleza femenina partía del principio que la mujer no tenía derecho a tener pelos sino en la cabeza. ¿Demostración? No conozco una sola escultura de mármol clásica en la que la modelo exhiba pelos en sus piernas.

Se abre el debate. Ellas defienden su sagrado derecho a no depilarse, advirtiendo que no se trata de imponer una nueva tendencia, sino que la exhibición de vello en las piernas y mechones en las axilas es un recurso lícito para demostrar que sí existen otras opciones de felicidad, por fuera del molde que les imponen las revistas de modas.

La batalla a favor de los pelos apenas comienza.

Algunos lectores estarán de acuerdo, otros frustrados, porque al fin y al cabo éste cuento de los pelos depende del punto de vista desde donde se los mire.

No es lo mismo admirar los 150 mil pelos que adornan la cabeza de Lady Gaga, que sorprender a un descarado pelo practicando natación entre mi sopa.

VERBATIM

“Cabellos largos, ideas cortas” – Arthur Schopenhauer

Por: © 2013 Armando Caicedo

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