El inteligente editor de esta publicación (que, además de ser mi jefe, es quien firma los cheques) me notificó -sin pelos en la lengua- que una columna que escribí hace dos semanas sobre la moda de las damas de dejarse crecer -con rústico entusiasmo- los pelos de sus anatomías, provocó “cien cartas al editor”.

¿Cien cartas? ¡Ay! Se me pusieron los pelos de punta.

Pero claro, cómo no sentir euforia cosquillera si después de tantos años de ejercer este oficio de columnista, a mí nadie me escribe… (Aunque técnicamente a veces me escriben: del Bank of América, para cobrarme, del IRS, para investigarme y del Homeland Security pidiendo que -bajo la gravedad del juramento- responda si soy “indocumentado”)

La secretaria del editor, me estiró seis cartas. “¿No eran cien?”, pregunté.

(Mi inteligente jefe debió decir “seis” y yo, por la emoción, debí escuchar “cien”)

De las seis cartas de protesta, dos las firma la tía Filomena, dos una tal Penélope Perdomo (sospechó que es amiga de la tía) y otras dos, alegan que por “razones de seguridad prefieren permanecer en el anonimato”.

  • ¡La razón de la protesta es válida! -gritó mi editor con su elegante voz de mando- ¿Por qué escribes sobre los pelos de las mujeres y no sobre la pelamenta de los hombres? Recuerda: en esta publicación ¡No discriminamos!

  • Es que tantos vellos en las mujeres no se ve tan bellos – balbucí a manera de explicación.

  • ¡A escribir, “cogno”! (Expresión de origen francés que aquí significa: “güey”)

Por puro instinto de supervivencia, heme aquí sentado frente al computador:

¡Claro! Hasta hace poco tiempo, el verdadero hombre ostentaba abundante pelo en el pecho. Un tipo peludo era la sensación en una playa. Ahora no. Quizás hoy podría ser exótica atracción, pero en un zoológico.

Según la historia, los hombres se empezaron a podar sus velocidades no por razones estéticas -como en el caso de las damas- sino por conveniencia militar.

Alejandro el Grande (que conquistó más territorios que Sylvester Stallone en “Rambo”) ordenó que sus tropas se afeitarán, para que en la lucha cuerpo a cuerpo, sus enemigos no los agarraran de las barbas (y otras partes nobles) y… “zuass”, de un tajo, les hicieran perder la cabeza.

En las legiones romanas se mantuvo esa costumbre -pelo corto y barba afeitada- para demostrar disciplina, igualdad e higiene. Además era forma de distinguir a los ciudadanos civilizados de esos bárbaros -de melenas claras y barbas pelirrojas- que solían aparecer por el norte a saquear las ciudades del imperio romano.

Durante la Primera Guerra Mundial, los soldados debían afeitarse las barbas, para que las máscaras antigás les quedarán bien ajustadas.

Para atender el justo clamor de mi editor de no discriminar, recomiendo que cada quien se deje el pelo como le dé la regalada gana, así tengamos que soportar a las modelos de Playboy con bigote, pecho peludo y cultivo espontáneo de pelos en las axilas, y en la próxima Navidad, a Santa Claus… sin barba, melena, ni bigote.

VERBATIM

“Definición científica de bigote: Cultivo organizado -entre el labio superior y la nariz- de los mismos pelos que en las axilas se dan silvestres”

Por: © 2013 Armando Caicedo

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