Para los antiguos pueblos prehispánicos la vida y la muerte no eran dos eventos separados el uno del otro. En la percepción que ellos tenian del universo ambos hechos se nutrían constantemente, ya que la vida se prolongaba en la muerte y la muerte tenía una importancia fundamental en la vida.

De acuerdo con lo establecido por la cultura náhuatl, había un lugar relacionado con sus principales dioses a donde iban los muertos. Este solía ser descrito “como un paraíso divino” y “un jardín de las delicias” en el cual “hay muchos regocijos y placeres, sin ninguna pena, en el que los recién llegados gozan entreteniéndose con el canto, la danza y toda clase de juegos”.

Semejante forma de pensar dio origen a uno de los cultos a la muerte más singulares que se han registrado a lo largo de nuestra historia, y cuya permanencia sigue vigente quinientos años después de que los conquistadores españoles derrotaron al imperio azteca en la gran Tenochtitlan.

Como bien se sabe, entre los aztecas ofrendar la vida y morir en sacrificio para satisfacer y honrar a sus deidades era un acto que llenaba de energía al Sol y ayudaba a perpetuar el orden cósmico que mantenía en constante equilibrio al cielo y la Tierra.

Aunque muchas cosas han cambiado desde entonces, debido a la transformación espiritual que sufrieron los indígenas al ser iniciados en el catolicismo religioso por los predicadores que iban llegando al Nuevo Mundo, la milenaria visión sobre la vida y la muerte que heredamos de nuestros antepasados sigue conservándose actual en sus aspectos esenciales.

Esto quiere decir, sencillamente, que para cualquiera de nosotros morir no significa que todo ha terminado, y para siempre, sino que se trata de un proceso natural por el que, sin excepción, debemos pasar antes de llegar a la morada celestial “donde podremos ser eternamente felices” en compañía de todos aquellos que tuvieron la suerte de partir de este mundo antes de nosotros.

Por eso, cuando aparece y nos llama la muerte, lo que hacemos es reírnos de ella y celebrar su presencia de calvera bromista, dientona, irreverente y juguetona, con el mismo gusto que sentimos de ver que, finalmente, podremos llegar al sitio en el que estaremos habitando, por los siglos de los siglos, junto con nuestros seres queridos.

Celebrando la muerte

En buena parte de su obra el poeta Carlos Pellicer, nacido en el estado de Tabasco, señalo que el pueblo mexicano tenía dos grandes obsesiones: el amor a las flores y el gusto por la muerte. Y aunque la primera de estas dos pasiones es fácil y sencilla de entender, porque tiene un estrecho vínculo con la simplicidad y belleza de la vida cotidiana, la segunda está profundamente arraigada en la mitología construida por los sacerdotes aztecas para explicarse los orígenes y sentido del universo conocido, un lugar donde alegría y tristeza no son términos opuestos sino partes de “un todo” armónico y en perfecto balance.

Todo lo anterior se manifiesta, por ejemplo, en la reacción que nos provoca saber que ha muerto algún pariente, familiar o amigo. Ya sea acá en los Estados Unidos o en alguno de los pueblos y ciudades de los que salimos para venirnos a trabajar a este país. Y es que en lugar de ponernos tristes y apesadumbrados por la noticia, lo primero que nos cruza por la mente es la idea y la certeza de que ya para esas horas han de estar en el cielo. Entonces nos damos cuenta que tenemos la responsabilidad de hacer algo para celebrar tan trascendental evento: una fiesta, con tequila, comida, música, flores, veladoras encendidas y grandes dosis de alegría. Y todo esto con el único fin de recordar y celebrar a quien en vida pudimos tener bien cerca de nosotros.

La muerte disfruta la vida

Quien supo interpretar muy bien esa aparente contradicción, en la que empezamos a vivir desde el día que nacemos, fue José Guadalupe Posada. Un humilde grabador de placas de hierro que hace ya más de un siglo elevo a la categoría de arte universal la imagen que cualquier mexicano tiene de su “querida amiga”, la muerte.

Gracias a su enorme talento, inspiración y sentido del humor, Posada supo despojar a la muerte de la imagen siniestra, oscura y atemorizante que tiene en otras culturas. Tanto así que por medio de sus grabados la volvió una “calaca huesuda”, amigable y sonriente, catrina y revolucionaria, con la que hasta los niños disfrutan estar en su compañía.

Celebración al mismo tiempo histórica y moderna entre los chicanos y los mexicanos, el día de los muertos se ha vuelto una tradición cada vez más amplia y arraigada en los Estados Unidos. Tanto así que ha comenzado a fusionarse con la fiesta de Halloween de los anglosajones sin perder, en ningún momento, las huellas del pasado cultural donde tuvo su origen.

Todo esto indica que, igual que sucedió en tiempos inmemoriales, en este moderno Siglo XXI la muerte sigue disfrutando la vida.