Esta es la segunda ocasión en mi vida que he escrito “Mi Columna Vertebral” desde una unidad de cuidados intensivos.

La primera fue en el 2007 cuando padecí un ataque al corazón. Esta semana me debí someter a las carreras a una intervención quirúrgica de urgencia (más compleja y enredada que la reforma migratoria) operación que en el mundo científico se conoce como: “Whipple”.

Para ilustrar la clase de intervención, resulta más fácil preguntarle el médico “doctor, qué me dejó” que preguntarle “doctor, qué me sacó”.

Cuando uno está boqueando en una unidad de cuidados intensivos, la primera frase que se le viene a la cabeza es la del borracho: “uno no vale nada”.

Realmente debo reconocer que, en mi caso, nadie me ofrecerá nada por una vesícula biliar en estado lamentable, un duodeno traicionero que ocultaba un tumor canceroso, un páncreas que mi cirujano decapitó, ni por un yeyuno que sí ahora sirve para algo es para estorbar. En palabras simples: “uno no vale nada”.

Pero, intenta colocarte algo que te haga falta en tu anatomía, para que veas el absurdo precio que te facturan. ¿Cuánto te cuesta el implante de un diente artificial? ¿Cuánto te cuesta colocarte un coquetón mechoncito de pelo en la nuca? y ¿cuánto debes pagar por ese implante de silicona que le permita saltar a tu señora de su tímido portásemos “copa A”, a un exuberante portasenos “copa DD”?

No valemos nada, pero como somos una parranda de arrogantes… Todavía pensamos que somos inmortales.

Te has preguntado si dentro de 200 años ¿alguien ofrecerá algo por una tripita tuya?

Se necesita que hayas sido por lo menos “Emperador”, para que, de pronto, alguien ofrezca unos cuántos dólares por una de tus tripitas.

Ahí está el caso excepcional de Napoleón Bonaparte, que seis años después de haber sido derrotado en Waterloo, murió en medio de la soledad en la Isla de Santa Elena.

Ese 5 de mayo de 1821, el cura Vignali, capellán del Emperador, le ordenó al médico Francesco Antomarchi que durante la autopsia, le cortará el miembro al soberano y le entregará la tripita entre una cajita forrada en terciopelo.

95 años después de la muerte del Emperador, los herederos del cura Vignali vendieron la tripita por $2.000, a un tal señor Rosenbach de la ciudad de Nueva York, quien la exhibió como una curiosidad.

En 1976, un siglo y medio después de que el Emperador estirara la pata, el urólogo norteamericano, John Lattimer, profesor del Columbia University, se interesó en la tripita y pagó $4.000 por el imperial pipí.

Como hasta los urólogos se mueren, el 13 de mayo del 2007, el pipí de Napoleón, cambio de mano. Evan Lattimer -hija del urólogo- heredó la tripita y según las malas lenguas, ha rechazado hasta cien mil dólares que le han ofrecido por esa venerable muestra de la flácida virilidad del Imperio Napoleonico.

Después de leer esta curiosa historia, espero que reconozcas, que ni tú, ni yo, ni Napoleón Bonaparte… Valemos nada.

VERBATIM

“El amor eterno dura tres meses… o, cuando más….cuatro.”

Por: © 2013 Armando Caicedo

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