La tía Filomena decidió organizarme una suerte de “homenaje nacional” para celebrar la publicación de “Mi Columna Vertebral” número 700

Durante seis meses -en medio de total sigilo- la vicaría se dedicó a preparar “una fiesta sorpresa”.

Como la vieja es exagerada invitó a toda nuestra parentela, a decenas de sus copartidarios del “partido del té”, a periodistas de prensa, radio y tv, a congresistas de los dos partidos, a líderes comunitarios y a sus amigas del club.

El centenar de invitados, debieron jurar sobre tres Biblias que nada me comentarían, para no dañar la “sorpresa”.

El tío Epaminondas preparó el discurso de homenaje. Mis primas por parte de madre se encargaron de los brindis: “por las 700 columnas publicadas”, “por otras 231 columnas que nadie se atrevió a publicarle”, “por las babosadas que se inventa” y “por completar quince años de vivir del cuento”.

Nadie se atrevió a excusarse. Una docena de solteronas contemporáneas de mi tía lo intentaron con diferentes pretextos: que el reuma, que un ataque de colitis, que el arribo de los calores de la menopausia, pero la tía organizó a varios grupos de voluntarios para que las llevaran -así fuera alzadas- a la celebración.

El problema es que la “columna 700” coincidió con la semana del Thanksgiving. A la hora que los invitados arribaban a la casa de la tía, yo completaba tres días, tiritando entre una tienda de campaña, cobijado con mi disfraz de oso polar, esperando a que abrieran las tiendas.

Allí conocí a gente muy interesante. Unos pakistaníes me enseñaron a contar hasta diez en urdú, y una familia salvadoreña me invitó a tres desayunos con deliciosas pupusas,

¡Qué experiencia tan divertida! Tan pronto abrieron la tienda, la multitud se desbordó y yo perdí el control de mi destino. En segundos resulté hundido de cabeza entre una caja repleta de “portasenos copa triple DDD”, que un centenar de señoritas obesas se peleaban a cachetadas. Cuando por fin pude salir de semejante lío, descubrí que el departamento de televisores quedaba en el extremo opuesto de la tienda, y debía batirme a puñetazo limpio para llegar a mi objetivo.

Me abalancé sobre la caja con mi televisor. La caja sí era, pero el televisor ya se lo habían llevado

Tuve que consolarme con cualquier televisor de marca sospechosa, pero a la hora de pagar, caí en cuenta que el dinero lo dejé entre el carro. Por fortuna aparecieron los salvadoreños de las pupusas y su abuelita se compadeció de mi desgracia. De inmediato organizó una colecta entre los dieciséis miembros de su familia, que aportaron los 231 dólares que costó el aparato.

Cuando arribé feliz a la casa, la tía Filomena me fulminó con su mirada.

  • Cretino. ¿Dónde estabas metido?

  • En el “Black Friday”, tía… pero desde el martes.

  • ¿Nadie te avisó de la “fiesta sorpresa” que te preparé?

  • No, adorable tía. ¿Cuándo es?

  • ¿Cuándo es? ¡Cretino! “Cuándo era”. La fiesta ya pasó.

Así célebre, de manera inolvidable, mi columna 700.

VERBATIM

“La vida es como el ajedrez, al finalizar el juego, tanto el rey como la reina y los peones se van a la misma caja”

Por: © 2013 Armando Caicedo

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