Cada vez que la tía Filomena reúne a su numerosa parentela ¡Mi madre! ¡Qué fiesta tan ruidosa la que se arma!.. bueno… eso era hasta el año pasado. Este año organizó dos reuniones con los mismos invitados, pero todos permanecieron callados… con sus narices consumidas entre las pantallas de sus tabletas y celulares.

En la última reunión, la vieja se desesperó. Tomó su celular y envió el siguiente mensaje: “¡Carajo! ¡Parranda de desconsiderados! Siéntense en el comedor que ya está servida la sopa”

Gracias a ese moderno “cordón umbilical” que se llama internet, ya no nos nutrimos de información de calidad, sino que nos atosigamos de imágenes y mensajes “basura”.

Con la misma capacidad cerebral que cargamos desde hace 150.000 años, hoy estamos obligados a procesar seis veces mas información que la que solíamos procesar hace 15 años.

Los expertos calculan que cada día recibimos un promedio de 3.000 mensajes visuales y pasan por nuestros ojos más de 100 mil palabras. Pero eso no es lo grave, lo que sí nos debe preocupar es que nuestro perezoso y congestionado cerebro ya no alcanza a digerir tanta información.

Así, nuestro cerebro selecciona a toda prisa lo que considera “basura” y la “borra”. Y para ahorrar tiempo, le pone una etiqueta genérica a lo que considera “importante”.

Esas etiquetas no sirven para enriquecer nuestra información. Sirven para clasificar la información que almacenamos, utilizando, para ello, nuestros prejuicios más estúpidos.

Si yo menciono la palabra “musulmán”, de inmediato se asocia con: “¡Aguas! ¡Peligro!”.

Si menciono la palabra “árabe”, junto a la palabra “avión”, ahí mismo la asocian con “ataque terrorista”.

Es que el mayor problema de nuestro tiempo es: “generalizar”.

En América Latina sufrimos del mismo mal. Todo ser vivo que se desplace erguido sobre dos pies, tenga el cabello rubio, los ojos claros, y hable inglés es un “gringo”.

Pero la sola palabra “gringo” posee dos significados diferentes, depende de cuál lado del muro se pronuncia.

Los estadounidenses blancos creen que “gringo” es una palabra insultante.

Pero para los latinoamericanos es una palabra neutra con diferentes significados. Por ejemplo, señala origen. Si yo digo “es tecnología gringa”, me entienden como de “alta calidad”. Sí digo “es un gringo”, identificó a una persona, nacida fuera de Latinoamérica, que no habla español. Sí expreso: “no se haga el gringo”, quiero decir “no se haga el que no entiende”. En conclusión, la palabra “gringo” no tiene en Latinoamérica la intención de injuriar, ni de insultar… como creen la mayoría de los estadounidenses.

El mismo error de generalizar se siente al lado norte del muro. La mayoría de blancos estadounidenses asocian a inmigrante, como “ilegal”. Y a toda persona que porte desde su nacimiento un tono de piel “café con leche”, la asocian con valores negativos, como pobreza, mala educación y “trabajo agrícola”.

  • Tía, qué contradicción. Compramos más y más tabletas electrónicas para estar mejor informados, pero nos entendemos menos. ¿Qué opinas?

  • Cállese la boca, cretino, y mueva la cuchara, que se le enfría la sopa.

(fin)

VERBATIM

“Si la tecnología de hoy nos tiene esclavizados a la pantalla de nuestro celular, ¿como será la de mañana?”

Por: © 2014 Armando Caicedo

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