Recuerdo una vecina de la tercera edad que vivía muy cerca de mi. Ella vendía sodas y dulces los domingos. Pero eso no era su oficio principal. En realidad ella trabajaba en la pizca de la fresa. O bien, en lo que se cosechaba por temporadas.

Fue mujer fuerte y tuvo que haber sido hermosa de joven. Ella tenia varios talentos que yo admiraba. Por ejemplo, como jugar lotería con múltiples tarjetas, y durante la navidad ponía un nacimiento completo con todos los animales del pesebre bien cuidados y perfectamente situados alrededor del niño dios.

Lo que mas recuerdo de ella es el tinte de sus manos.

Si era temporada de fresa, tenia las manos manchadas de rojo. En tiempo del tomate, su fragancia al pasar era natural y terrestre. Su piel se partía en arrugas y cicatrices.

Vestía las prendas rotas y remendadas, sin cuidado a combinación de color o estilo.

Tez morena de sabor chocolate, su cabello era rubio por que el sol la saturaba a diario en el trabajo. Sus ojos hondos y tristes porque cuando los agentes llegaban ahí al campo, ella muchas veces era la única que soltaban en libertad.

Por fortuna había nacido en esta nación. Sus compañeros se despedían a lo ligero con un adiós sincero- “A ver si algún día nos volvemos a ver por aquí” – se decían al partir.

Ella en su país natal y ellos en retorno al suyo.

La vida entre compañeros trabajadores del campo era casi igual con la diferencia mas notable cuando al instante se dividían entre quienes portaban documentos y quienes no.

Levantando la mano para señalar su adiós. Manos color rosado de fresa.

Sara Gurling es activista humanitaria laboral pro-justicia. Presidenta de la organización humanitaria Ángeles de La Frontera. Ha laborado como representante de trabajadores por diecisiete años. Fue vise-presidenta del Concilio Laboral del Condado de Orange y es maestra de estudios laborales en San Diego City College.