Recuerdo tres besos de película.

En el primero, fui el despistado protagonista.

Como se trató de un beso de estreno, la escena se desarrolló en el cine de mi vecindario. Ella tenía 15 y yo,13. (Para probar que asistimos en igualdad de condiciones, ella pagó su entrada, y mi jefa, la mía)

En vista de que yo carecía de entrenamiento, me vi obligado a improvisar a tientas. Así, en el momento que apagaron la luz, tuve que realizar -a mano- el reconocimiento del área, hasta que identifiqué dónde estaba ubicado el objetivo.

Ni en ese momento -mucho menos ahora- podría reconocer el tipo de caldos que las hormonas producen, lo único cierto es que uno empieza a padecer lo que las damas románticas denominan: “una sensación como de morir quisiera”.

¡Qué torpeza! En medio de la oscuridad a ambos nos empezaron a estorbar las narices y cuando por fin pudimos acomodarlas en sus respectivos sitios, -¡¡¡CHIZZZZZ!!!- alcanzamos el ¡Clímax! La Dioselina y yo estábamos en tratamiento de ortodoncia y los alambres de nuestros “braces” se enredaron causándonos una dolorosa sensación de cortocircuito. ¡Qué beso tan prolongado! Por fortuna, logramos desenredarnos por nuestros propios medios, antes que encendieran la luz.

Aunque esa función de cine resultó inolvidable, debo confesar que no recuerdo el título de la película, ni los actores, ni la trama Lo que sí recuerdo fue mi madura decisión de esa tarde: “no volver a besar a nadie, hasta que no me enderezaran los dientes y me retiraran los “braces”)

Otro beso histórico -más evangélico que “hollywoodense”- es el archiconocido, “beso de Judas”. Ocurrió en el año 33 cuando Judas Iscariote -ese discípulo extraño y rumbero, que vivía en malas compañías y que me huelo consumía substancias sicotrópicas- traicionó a Jesús en el Huerto de Getsemaní, señalándolo con un beso. Por su traición le pagaron treinta monedas de plata. Como era de suponerse, el tal Judas se arrepintió de tan repugnante acto e intentó regresar las monedas, pero los sacerdotes le notificaron que no había devoluciones. En medio del desespero, Judas se colgó del pescuezo.

El tercer beso de esta historia lo conocerán las generaciones futuras como “El beso de McAllister”

Gracias a YouTube, el congresista republicano de Lousiana, Vance McAllister, quien se presentó ante a sus electores como el campeón de la moralidad, el paladín de los valores cristianos y el promotor del respeto a la familia, quedó al descubierto -en maniobras no muy políticas, ni muy santas- por una cámara no muy bien escondida.

En el tórrido video, aparece el “santurrón” congresista McAllister (de 40 años, casado, con 5 hijos) besando de manera apasionada a Melissa Peacock, de 33 años, miembro de su equipo de trabajo.

Yo, que soy un pecador amateur, me declaro incapaz de juzgar a míster McAllister, pero me irrita su arrogancia, porque no sólo se promueve como el defensor de los valores cristianos y de la familia… sino que, al final del cuento, para reafirmar su moralidad… ¡despidió a su colaboradora!

(fin)

VERBATIM

“Un beso sirve para recordarnos que incluso a punto de perder la conciencia, dos cabezas piensan mejor que una”

Por: © 2014 Armando Caicedo

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