La magia del fútbol la bautizó Pelé como el “jogo bonito”. Así de simple.

No se requiere una cancha de césped artificial, ni hay que comprar cascos, hombreras, ni guantes sofisticados. Se puede jugar en un potrero, en una playa o en una calle, y puedes correr y patear con tenis, guayos o con la pata al suelo. Puedes jugar con camiseta oficial, y hasta sin camiseta. La pelota puede ser la “Brazuca” -nombre del balón oficial del mundial Brasil 2014- o una bola de trapo.

En 207 países sobre la Tierra, 270 millones de personas juegan al fútbol (incluso en el Vaticano) y todos entienden las mismas reglas sencillas y las mismas expresiones. “Fútbol” se comprende en todos los idiomas, “gol” es gol en todos los dialectos y el árbitro siempre será insultado con similar entusiasmo en todas las lenguas (incluso en el latín del Vaticano)

El fútbol es simple… excepto entre la comunidad hispana en Estados Unidos. Porque para organizar cualquier torneo amateur los hispanos somos verdaderos profesionales.

Recuerdo en mis tiempos mozos, cuando yo jugaba en mi glorioso equipo “Sporting Las Margaritas”, como “centro naranjero” (directivo a cargo de repartir las naranjas).

Éramos 11 jugadores en el campo, otros 37 jugadores en la banca (que peleaban con el patrocinador del equipo -propietario único de la “Taquería Las Margaritas”- porque sólo alineaba a sus parientes y carnales). Veintitantos directores técnicos gritaban órdenes desde la orilla del potrero. Cuarenta y tantas señoras, madres, esposas y suegras de los jugadores, estaban a cargo de nutrir a nuestras “barras bravas” con tamales, tacos, gorditas y chilaquiles. El grupo lo completaban, un árbitro y dos jueces de línea, que arribaban confesados y otros 12 voluntarios que armados con sus celulares, se apostaban -allá lejos- en las afueras del parque, para avisar cuando apareciera la “migra”.

Es que en esos tiempos -tal como ahora- el ICE hacia su mejor cosecha de indocumentados, cuando el glorioso equipo “Sporting Las Margaritas” se medía en un clásico con otro equipo del barrio.

Gracias a esos anillos de protección logramos salvar de la deportación, si no a todos, por lo menos a nuestros mejores jugadores… de paso, a estos valientes voluntarios les debemos que el fútbol soccer continúe sobreviviendo su “sueño americano”.

Estados Unidos es hoy -con 25 millones- el segundo país con mayor número de jugadores en el mundo, pisándole los talones a China que cuenta con 26 millones. Casi doblamos a Brasil, que tiene 13 millones, y claro, estamos muy por encima de México donde se alinean 8 millones y medio de futbolistas.

El fútbol soccer -despreciado por tratarse de “deporte de inmigrantes”- sigue tomando vuelo, porque la gente ya entiende que su belleza radica en su simpleza.

(Claro que no todo es tan simple como la tía Filomena define el fútbol: “Son 22 pelotudos corriendo en calzoncillos detrás de una pelota, regañados por un tipo gordo, disfrazado de “boy scout”, que corre detrás de ellos para aterrorizarlos con un silbato”)

(fin)

VERBATIM

“Llegará la hora, cuando a los futbolistas -y a los trabajadores indocumentados- nos aplaudan como a héroes”

Por: © 2014 Armando Caicedo

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