Las albóndigas ya habían estado desde hace dos horas, pero faltaba terminar de cocerse bien el arroz.

El calor en la cocina era insoportable pero nadie decía nada.

Tenemos trabajo, si no les gusta aquí- busquen por otro lado- les decía el patrón.

Los cocineros y el que lavaba los platos se derretían en el caluroso mes de julio pero sabían que el día de pago todo esto valdría la pena.

Les había prometido el patrón un abanico para el verano- pero no les cumplieron la promesa.

Por miedo a ser despedidos no dijeron nada, El día que empezó a fallar el refrigerador, un cocinero le llamó al

dueño para sugerir que mandaran a un técnico de refrigeración.

El patrón no hizo nada.

Lo que sucedió ese día causó que el propietario del restaurante se arrepintiera de haber ignorado el mantenimiento del lugar de trabajo para sus empleados.

El cocinero de lunes a viernes se llamaba Agustín. El sabía bien que sin temperaturas frías se podría crear bacteria dañina en los alimentos. Eso lo había aprendido en su clase de salubridad cuando solicito su licencia para ser asistentes en un restaurante.

Hervía bien los caldos del día anterior porque sabía que el refrigerador no alcanzaba las temperaturas para mantener libre de bacterias los alimentos.

El día que llegó el inspector, todos querían decírselo de una vez por todas, pero temían que el inspector clausurara el restaurante. Sabían que iban a perder de ganar dinero si reportaban la falta de ventilación y ese refrigerador bueno para nada.

El inspector entró al lugar muy contento expresando su antojo por un buen caldo siete mares. Los cocineros no querían servírselo porque temían que se pudiera enfermar ya que el caldo estaba pudriéndose.

El inspector revisó que el lugar estuviese libre de bichos, miró el sanitario, la fuente de sodas y revisó de paso solamente el refrigerador.

Nada alarmante- dijo el.

Enseguida pidió que le sirvieran- el famoso siete mares- y lo quería con tortillas de maíz y una Fanta sabor naranja.

Agustín no quería servirle nada al inspector pero lo hizo por no levantar dudas.

Le sirvió el plato Agustín al inspector.

Le dijo -buen provecho, y entre suspiros lo encomendó a la Virgen de Guadalupe.

Para mala suerte del dueño, el inspector resultó ser internado por una infección estomacal. El malestar del inspector causó una investigación donde descubrieron la falta de refrigeración adecuada y clausuraron el lugar de trabajo y multaron al dueño.

Agustín perdió el trabajo porque el dueño lo culpaba de haberle servido el caldo siete mares al inspector.

Agustín se arrepentía de haberlo hecho pero declaro ante oficiales que todos los trabajadores ya le habían reportado al dueño la falta de refrigeración y también el problema de trabajar sin ventilación.

El restaurante tuvo que cerrar y el dueño perdió su negocio solo por no hacerle caso a sus empleados.

El inspector se recupero de su malestar y probablemente se presente en otro restaurante para ver como andan las cosas por ahí.

Buen provecho.