Era un callejón angosto en donde escasamente iluminaba la luna en la madrugada. Estaban ya húmedos los barandales de los patios. La brisa del amanecer los cubría de pequeñitas perlas de agua. El reflejo de la luna las hacia lucir como lentejuelas.

Con una mano la señorita les pasaba rozando a los barandales. Se sentían fríos. La mano mojada la refregaba contra su pantalón de mezclilla para secársela. Ella pensó que pronto llegaría a su departamento para al fin poder descansar. Jamás había pensado que trabajar el turno de la noche fuera tan difícil. Estaba cansada. El dolor de cabeza la hizo cambiar el peso de su bolsa de un hombro para el otro.

Aparte de ser muy duro el turno de la noche, el restaurante donde trabajaba no era accesible por las rutas ordinarias del camión número siete. Mejor- ella caminaba. Vivía sola. Su vida era muy simple pero llena de ilusiones. No era miedosa, pero si- pensativa.

Cada vez que iba por el callejón con rumbo a su departamento, se iba acordando de sus sueños que dejó en suspenso desde el día que le informaron que se tendría que poner a trabajar porque sus padres habían sido deportados a Paraguay. Hasta el día de su deportación, los padres la habían apoyado en sus estudios. Se quedó sola, pero llena de ganas de superarse.

El callejón por donde caminaba para llegar a casa después del trabajo era su alivio. Antes de llegar a casa- se podía propiamente asegurar de que su destino no era este. Para más, ella prometía que ésta sería su última travesía por el callejón húmedo y despreciable por el fuerte olor a gato y desperdicios. Aunque se repetía la misma rutina seis días a la semana, nunca dejaba de ser optimista en su compromiso de que su destino cambiara.

Fue en una madrugada como cualquiera que se encontró un volante por el callejón. El volante anunciaba un día para mujeres, un día completamente dedicado a ella. Inspirada- se llevo el volante a casa para inscribirse en la conferencia de mujeres.

El día de la conferencia ella se encontró entre mil mujeres.

Cada una de ellas había caminado por su propio camino. Cada una de ellas tenía una ilusión.

Cuando tomó el escenario la linda y encantadora mujer para dar la plática de inspiración a mujeres, ella realmente se conmovió. Escuchó una historia de lucha y sacrificio y de compromiso también. Entendió que todas vamos por un callejón. Todas tenemos un sueño. Ella, a pesar de todo, llevaba un buen camino- su destino y su vida estaban por delante.

¡Su vida era única, pero no estaba sola!

Sara Gurling es la directora de organización comunitaria de la Unión Americana De Las Libertades Civiles. Reconocida como activista humanitaria laboral pro-justicia, es presidenta de la organización humanitaria Ángeles de La Frontera. Ha laborado como representante de trabajadores por diecisiete años. Fue vise presidenta del Concilio Laboral del Condado de Orange y es maestra de estudios laborales en San Diego City College.