“Ojalá te pudieras acercar, no sabes cuanto deseo abrazarte”, le dijo Rebeca a Eliseo mientras ella metía el rostro por entre vigas de metal en la frontera.

“No puedo”, le respondió Eliseo, “me están viendo; si me acerco ya no me van a dejar venir a verte”.

“Te voy a comer entonces con los ojos, tu sabes cómo, ¿verdad?”, dijo Rebeca.

Rebeca ahorró desde principios de año en su empleo como vendedora de zapatos en Guadalajara para poder venir a ver Eliseo por entre barrotes y por entre rendijas en la frontera.

Llegó el viernes con una amiga y se hospedó en Tijuana. El sábado y el domingo se puso una falda entallada roja larga y unos zapatos elevados. Así le gustaba a Eliseo verla. Así fue que él se enamoró. Llevaba además blusa de manga larga. Una botella con agua y una sombrilla. Iban a ser días soleados, despejados y en la playa, el calor pega más fuerte.

Eliseo ahorró durante meses en su trabajo en San Antonio para poder venir a ver a Rebeca, aunque fuera vigilado por la migra.

Viajó casi dos días para llegar hasta la pura esquina del país. Nunca había estado donde se unen Estados Unidos, México y el Pacífico, pero no había venido a ver el paisaje, sino a Rebeca.

Mientras ella metía el rostro por entre vigas que hacían funciones de barrotes, Eliseo le tomo fotos con su celular. Le pidió también que se retirara un poco para verla al sol y le tomó otra foto.

Ella metía las manos con el celular por entre los barrotes y le tomaba fotos.

Hacía cuatro años que no podían abrazarse. El llegó a buscar trabajo y cuando estaba por darse por vencido entró y se quedó. Ella iba a pedir visa pero pensaba que Eliseo iba a regresar y ahora ya era tarde. Aprovecharon un descanso en el trabajo de él y a ella la dejaron faltar el viernes y el lunes.

Habían leído en una revista que en ese lugar podrían acercarse cada quien por un lado de la barda fronteriza y decidieron hacerlo.

Pero ahora que se tomaban fotos, unos patrulleros fronterizos le dijeron a Eliseo que tenía que dejar ese lugar y acercarse a una zona donde sólo pueden verse entre diminutas rendijas de metal. “Yo lo quiero”, platicó Rebeca sin pena, “no sabe lo que diera por estar con él, por poder abrazarlo, tocarlo”.

“Yo no he pensado en otra cosa desde que llegué a Texas”, confesó Eliseo. Más de tres mil familias llegan anualmente a ambos lados de la barda en el parque de la Amistad a verse, a presentarse a nuevos miembros de la familia, los recién casados o los recién nacidos, a verse después de años.

Activistas de ambos lados de la frontera lanzaron ahora una campaña para pedir a la patrulla fronteriza que permita que esas familias por lo menos puedan abrazarse y besarse por entre las vigas que funcionan como barrotes. Quién desee unirse a la petición, la encontrará en esta dirección: friendshippark.org/letthemhug

Manuel Ocaño

Ellatinoonline.com