WASHINGTON, D.C.- Stephanie Pucheta es una niña de 9 años de edad, quien se encuentra invadida por la tristeza y la impotencia, pues desde enero de este año fue deportado a México su padre, Julio César Pucheta, a México.

La pequeña, a su corta edad, ha pedido a los legisladores que integran el Comité Judicial del Senado que consideren el daño que causa la desintegración familiar.

Cada día que pasa la muchacha se pregunta: ¿por qué tienen que ser tan crueles con las familias que están aquí? y reconoce que ahora la vida sin su papá no es la misma y su ausencia para ella representa un tormento.

“Desde que el se ha ido, yo lo extraño todos los días. Cada mañana cuando despierto, me preguntó por qué ellos no le permitieron permanecer aquí”, se preguntó.

Axel Caballero, director de la organización Cuéntame, que ha dado un fuerte respaldo a la niña, afirmó que “los senadores necesitan ver la historia de Stephanie y concluir que son cientos de miles de niños adolescentes (como ella) en este país, que han sido separados de sus padres” por agentes de la Patrulla Fronteriza o del CBT, Departamento de Aduanas y Protección Fronteriza.

Y agregó: “nuestro sistema de inmigración requiere cambiar de manera urgente, pero en una dirección que conserve a las familias unidas, y no con lágrimas que las separen”.

Ejemplificó que en este caso, “Stephanie seta indefensa y alguien necesita abogar por ella y todos los niños que se encuentran en estas tristes condiciones”.

Durante una reciente entrevista que la pequeña ofreció al diario Huffington Post, se puso énfasis que Julio César Pucheta, padre de Stephanie fue deportado como consecuencia de una infracción de tránsito, lo cual abre otro

Debate frecuente: la colaboración de las policías locales y los agentes de la Patrulla Fronteriza y del CBT.

Pucheta, una ciudadana estadounidense nacida en el estado de Georgia, es clara cuando una reportera le recuerda que muchos de los legisladores promotores de la reforma migratoria, consideran que los hijos de inmigrantes no debieran permanecer en el país, aunque fueran nativos de Estados Unidos como ella, responde sin dilación y con pleno conocimiento de causa: “yo no debería irme porque yo obtuve una educación aquí, y como mi mamá me dijo, yo quiero ser alguien en este mundo”.

La pequeña como cientos de niños en sus condiciones, pasa horas entablando comunicación con su padre, a través de las redes sociales o el skype, pero no puede evitar que las lágrimas rueden de sus ojos al saber que no podrá tener el contacto físico ni emocional directo con su padre.

Aunque la mayoría de las organizaciones activistas han señalado que una reforma migratoria integral debe resolver las necesidades de integración y unidad familiar, el borrador presentado como propuesta por los legisladores no parece abonar mucho a esta demanda.

Cabe hacer mención, asimismo, que la organización Cuéntame es uno entre los innumerables grupos a los que la pequeña Stephanie ha acudido ante la desesperación de que su padre fuera deportado a México.

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