Religiosos católicos han tendido un corredor humanitario que recibe en Tijuana a miles de desplazados que huyen por la violencia de carteles en el estado de Michoacán, en busca de asilo en Estados Unidos, donde la mayoría tiene familiares y conocidos.
El padre Juan Diego Mendoza, quien llegó a Tijuana hace tres semanas como enviado de Apatzingán a ayudar en lo que pueda a los desplazados, calculó en plática con El Latino que en los últimos meses han llegado hasta 15 mil michoacanos en busca de asilo.
Esa comunidad es más de cuatro veces la de migrantes que acampa en la garita de El Chaparral en Tijuana, y carece de toda asistencia o ayuda por parte del gobierno de Tijuana, del de Baja California o del gobierno federal mexicano.
“Tenía una tienda, de eso vivía. Hace dos semanas llegaron (los sicarios), se metieron y me dijeron que me daban 10 minutos para irme del pueblo o me iban a comenzar a tirar disparos”, dijo la señora Elizabeth entre llantos mientras hablaba en una remota iglesia en Tijuana.
“Como pudimos, nos salimos. Ni tiempo dieron de pasar a la casa o por una maleta o algo; nos fuimos del pueblo y de Aguililla, pero todavía nos venían siguiendo, nos venían apuntando todo el camino”, platicaba.
Momentos después de presentar su testimonio, Elizabeth platicó a El latino que “venían detrás de nosotros; la gente se daba cuenta de todo, pero no podía hacer nada, porque andaban armados”.
La señora explicó que se había dado cuenta que hacía meses en toda la región del oeste michoacano se habían incrementado los enfrentamientos armados y abusos contra la población, pero que nunca pensó que fueran a actuar contra ella.
“Hace unas semanas yo no pensaba que iba a estar así, en Tijuana, sin dinero, buscando albergue, empezando de cero”, dijo.
La mujer de unos 50 años espera conseguir asilo en Estados Unidos u que sus hermanos que viven en California le ayuden a rehacer su vida. Su relato es similar al de muchos otros michoacanos que se han huido de la violencia en Michoacán y llegan Tijuana en busca de asilo estadunidense.
Gabriel por su parte se alegró de haber comprado un carro usado compacto con el que pudo salvar las vidas de su familia, apenas unos días antes de que los sicarios se metieran en medio de la noche a su casa, porque “nos dieron 20 minutos para salir del pueblo”.
La familia salió de prisa y se subió al carro, “mi niña venía en calzoncitos, no nos dejaron agarrar nada”. También a ellos los siguieron en varios vehículos. Por el camino a Tijuana, más de 2,000 millas al noroeste de Aguililla, la familia recurrió a la buena voluntad para vestirse, alimentarse, conseguir combustible.
Hasta donde muchos de los michoacanos despojados por sicarios saben, los delincuentes armados ocupan, quizás por ubicación estratégica, las propiedades y negocios de los que les obligaron a salir bajo amenaza de muerte.
Otros corren peor suerte. A doña Ernestina, de unos 75 años, la dejaron viuda porque su esposo de la misma edad no pudo abandonar el pueblo tan rápido como le ordenaron. En la iglesia la señora hablaba como se lo permitía el llanto y los sollozos.
“Me parece que (la delincuencia organizada) quiere imponer el terror en Michoacán. Como ve, son casos de crueldad que sirven de advertencia al resto de la población”, dijo a El Latino el padre Juan Diego Mendoza, quien llegó de Apatzingán a Tijuana con la misión de ayudar a los michoacanos que huyen de la violencia.
El encargo que tiene es impulsar el proyecto de “el buen samaritano”, un corredor de seguridad para las familias michoacanas que tratan de conseguir asilo.
Ahora párroco de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe en la colonia la Rinconada de Tijuana, el padre canta con los michoacanos y reparte bendiciones, pero los encuentros son más informativos y para que las familias se conozcan y, quizás, convivan, mientras esperan cruzar la frontera en busca de asilo.
El martes en la tarde, cuando las familias platicaron sus experiencias de terror, el encuentro fue también parecido a una sesión terapéutica en la que el religioso trató de darles esperanza.
“Desde aquí se ve el muro fronterizo”, dijo el sacerdote a sus feligreses, al señalar la frontera a escasos dos kilómetros en el sector del Nido de las Águilas, “pero no es por ahí por donde ustedes deben pasar; ustedes con la ayuda de Dios y la ayuda legal de organizaciones van a buscar asilo”.
Explicó a las familias las condiciones de los albergues migrantes en Tijuana, la mayoría de ellos llenos ahora. Les dijo que si podían contar con algunos recursos, podrían rentar temporalmente vivienda y estar más a gusto.
Les pidió desechar ideas de que desde Michoacán los delincuentes armados llegarían a buscarlos hasta Tijuana y recomendó que, si necesitaban, no dudaran en hablar con la policía, en las inmediaciones de la iglesia, si les daba más confianza.
El padre llegó a Tijuana como “director o coordinador del proceso de apoyo para los desplazados que vienen de la región de Michoacán, sobre todo Aguililla, Cualcomán, Buenavista y Apatzingán para, sobre todo, brindarles el apoyo humano y espiritual que necesitan, mientras logran el asilo en Estados Unidos”.
El sacerdote explicó en charla con El Latino que “de hace unos ocho meses para acá la realidad en esa región se ha vuelto más trágica, por una llamada avanzada que lleva el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) en contra de los Carteles Unidos y Los Viagras”.
“El pueblo ha quedado a la deriva; todas las familias que nada deben son las que están sufriendo las peores consecuencias”, explicó.
“Del municipio de Aguililla, el más dañado en las últimas semanas, se habla de un desplazamiento de entre seis y ocho mil personas, y de la región de Tierra Caliente no tengo una cifra exacta, pero estamos hablando de que llegan a Tijuana dos o tres familias por día”, comentó el padre.
Tan solo durante el mes de junio, unas 1,600 personas de esa misma región de Michoacán cruzaron formalmente la frontera en busca de asilo.
Soraya Vázquez, la subdirectora de la organización de asistencia legal a migrantes Al Otro Lado, dijo que su grupo tiene en proceso “unas siete mil peticiones de asilo, y de ellas un buen número es de solicitantes que huyen de Michoacán”.
El corredor humanitario lo ideó el “Padre Goyo”, Gregorio López Gerónimo, de Apatzingán quien explicó por WhatsApp que “tratamos de restablecer el tejido social –que destruyen los carteles de las drogas–, es algo que las autoridades no pueden hacer por sí solas y la población tampoco lo puede hacer sola; nosotros como iglesia podemos ayudar”.
El corredor cruza la frontera hacia asociaciones o federaciones de michoacanos en California, entre San Diego, Los Ángeles y Fresno.

