Se trata de un fenómeno poco visibilizado y a menudo malinterpretado. Foto: IMSS


El síndrome de burnout autista es un tipo de agotamiento profundo, físico, mental y emocional que enfrentan muchas personas dentro del espectro debido a la exigencia de adaptarse a entornos que no están diseñados para ellas. María Méndez, especialista en el tema, advirtió que se trata de un fenómeno poco visibilizado y a menudo malinterpretado.

“Es un esfuerzo inmenso que no se ve, pero que desgasta cada día a quienes forman parte del espectro autista”, señaló Méndez, al explicar que el desgaste proviene de conductas como ajustar el comportamiento para encajar, controlar la sobrecarga sensorial, suprimir respuestas naturales o intentar cumplir con expectativas sociales impuestas.

Los signos de este burnout, detalló, incluyen fatiga extrema, pérdida temporal de habilidades adquiridas, dificultades para regular emociones o comunicarse, desconexión del entorno y una sensación de colapso físico o emocional. 

“El problema es que estos síntomas suelen ser malinterpretados o minimizados, incluso por profesionales, lo que puede derivar en intervenciones inadecuadas y, en consecuencia, en la invisibilización del sufrimiento”, alertó.

Según informes de Autism Awareness Australia y Autism Learning Partners, el burnout autista se diferencia del burnout común porque no desaparece únicamente con reposo físico. 

Requiere cambios reales en el entorno, mayor comprensión social y estrategias de afrontamiento adaptadas a cada persona. 

En este sentido, Méndez subrayó la importancia de generar espacios seguros donde las personas autistas puedan reducir estímulos, descomprimir y sentirse aceptadas sin la presión de “rendir” constantemente.

La especialista coincidió con las iniciativas impulsadas por la Universidad de San Agustín y colectivos internacionales que promueven la idea de que el descanso debe entenderse también desde la neurodivergencia. 

“No todas las personas descansamos de la misma manera ni por las mismas razones. Una pausa a tiempo puede ser la diferencia entre resistir y sanar”, afirmó.

Méndez concluyó con un llamado a promover una cultura del bienestar que reconozca el descanso como un acto de cuidado y reparación, y no como un privilegio.

 “Creemos que descansar también es cuidarse. Y eso no es negociable”, enfatizó.