Dr. Miguel Angel Díaz Mariscal

Dr. Miguel Ángel Díaz Mariscal

En la práctica clínica diaria, tanto en el área de urgencias como en la consulta quirúrgica, hemos observado un cambio preocupante: el cáncer colorrectal ya no es una enfermedad exclusiva de adultos mayores. Cada vez con mayor frecuencia se presenta en pacientes jóvenes, muchos de ellos sin antecedentes familiares y sin factores de riesgo evidentes en apariencia.

De acuerdo con datos publicados en CA: A Cancer Journal for Clinicians y registros del Instituto Nacional del Cáncer en Estados Unidos, la incidencia de cáncer colorrectal ha aumentado aproximadamente un 1% anual entre 2018 y 2022. Este incremento está impulsado principalmente por casos en personas menores de 65 años. En el grupo de 20 a 49 años, el crecimiento es aún más alarmante: alrededor de 3% por año.

Hoy, cerca del 45% de los nuevos diagnósticos ocurre en adultos menores de 65 años, un salto significativo si se compara con el 27% registrado en la década de los noventa. Aunque en adultos mayores de 65 años las tasas han disminuido, la tendencia en población joven obliga a replantear estrategias de prevención y detección temprana.

Desde mi especialidad en cirugía bariátrica, este tema adquiere una relevancia adicional. La obesidad es uno de los factores de riesgo más importantes asociados al cáncer colorrectal. El exceso de tejido adiposo genera inflamación crónica, alteraciones hormonales y resistencia a la insulina, condiciones que favorecen el desarrollo de lesiones precancerosas en el colon. En este sentido, el abordaje metabólico no es solo una herramienta para la pérdida de peso, sino una estrategia preventiva frente a enfermedades oncológicas.

Las estimaciones actuales señalan cerca de 159,000 nuevos diagnósticos y más de 55,000 muertes anuales en Estados Unidos. Se trata del tercer cáncer más común y la segunda causa de muerte por cáncer en general. En adultos menores de 50 años, incluso ha llegado a convertirse en la principal causa de mortalidad por cáncer.

Uno de los aspectos más preocupantes es que aproximadamente tres de cada cuatro casos en menores de 50 años se detectan en etapas avanzadas. Sin embargo, cuando la enfermedad se identifica en fase localizada, la tasa de supervivencia a cinco años puede alcanzar hasta el 95%. Esto evidencia que el problema no es únicamente la enfermedad, sino el retraso en el diagnóstico.

En mi experiencia como médico de urgencias, he visto cómo los síntomas iniciales suelen subestimarse: cambios en el hábito intestinal, sangrado rectal, anemia inexplicada o dolor abdominal persistente. Muchas veces estos signos se atribuyen a padecimientos benignos, retrasando la evaluación especializada.

A ello se suma un dato clave: la mitad de los casos diagnosticados antes de los 50 años ocurre entre los 45 y 49 años, grupo que ya es candidato a estudios de detección. Esto refuerza la necesidad de promover estudios preventivos de forma más activa y consciente.

Desde la perspectiva de la cirugía general y bariátrica, así como de la medicina de urgencias, la conclusión es clara: la prevención debe integrarse en la práctica cotidiana. No basta con tratar la enfermedad cuando aparece; debemos intervenir antes de que se desarrolle.

Como miembro del Baja Health Cluster y de distintas asociaciones médicas nacionales e internacionales —incluyendo el American College of Surgeons, el Colegio Mexicano de Cirugía para la Obesidad y la Sociedad Panamericana de Trauma— he insistido en la importancia de un enfoque integral que combine estilo de vida, control metabólico y vigilancia clínica.

La educación del paciente es fundamental. Cambios en la dieta, reducción del consumo de ultraprocesados, control del peso corporal y actividad física constante no son recomendaciones generales, sino medidas con impacto directo en la reducción del riesgo.

La detección temprana sigue siendo nuestra herramienta más poderosa. Ignorar los síntomas o posponer estudios puede marcar la diferencia entre un tratamiento oportuno y una enfermedad avanzada.

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