Hay migraciones que no empiezan al cruzar una frontera internacional. Empiezan mucho antes, en el momento en que una niña descubre que su forma de hablar provoca risas, que su acento incomoda, que su cuerpo reacciona distinto al clima y que en el lugar donde acaba de llegar puede no ser bien recibida.

Mucho antes de vivir entre México y Estados Unidos, yo ya había experimentado lo que era desplazarse. Sin saberlo en su momento, fui niña migrante en mi propio país.

Mis recuerdos de aquellas mudanzas son fragmentos sensoriales. El olor permanente a humedad en Las Choapas, Veracruz. El calor espeso que me cubría la piel de sarpullido. Mi cuerpo untado de Caladryl, una crema color rosa, para aliviar la comezón de los mosquitos que parecían no dormir nunca. Recuerdo también la confusión: palabras que no entendía, frases que sonaban ajenas aunque estuvieran dichas en español. Ellos me parecían extraños. Y yo les parecía aún más.

El colibrí reconoce los territorios por memoria corporal. Regresa a ciertos puntos porque algo en su organismo recuerda dónde sobrevivió antes. Las personas hacemos algo parecido. A veces creemos que recordamos lugares, cuando en realidad recordamos sensaciones: el calor, el miedo, el rechazo, la tranquilidad, la voz de alguien que nos hizo sentir seguros.

En mi vida, después vino Xalapa. Y con ella, otra versión de mi infancia. Una escuela poco equipada donde el musgo cubría paredes y pisos debido a las abundantes lluvias. Ahí entendí algo que muchos migrantes descubren tarde: no todos los territorios reciben igual al recién llegado. Hay lugares que observan la diferencia con sospecha y otros que simplemente la incorporan a la vida cotidiana.

En Xalapa no me sentía rara. Los niños jugaban conmigo sin preguntarse demasiado sobre mi origen. La ciudad se cubría de neblina, humedad y una calma que desaparecía con nuestras risas y juegos, con el volumen alto del radio, porque televisión no había. Un día dejamos esa ciudad sin más explicación. Las familias migran por razones que los hijos apenas alcanzan a comprender.

Con el tiempo entendí que detrás de aquellas mudanzas estaba la salud de mi padre. Hospitales. Llantos contenidos. Un mal neurológico. La fragilidad económica entrando lentamente a casa. Y después, una palabra comenzó a repetirse entre los adultos como si fuera una promesa y una advertencia al mismo tiempo: Tijuana.

“Se van a ir a Tijuana”, escuchaba. Yo no sabía dónde estaba ese lugar.

Al escribir este texto, pienso en el colibrí cuando emprende trayectos improbables. Un cuerpo diminuto sosteniendo vuelos enormes. Desde fuera parece frágil; en realidad, posee una resistencia desproporcionada para su tamaño. Muchas familias emigran así: sobreviven impulsadas más por necesidad que por certeza.

Mi papá viajó primero. Una tía-abuela le había conseguido trabajo en un hospital. Meses después viajamos nosotros: mi madre, mis hermanos y yo. Dos días enteros en autobús, estómago afectado por tanto movimiento, curvas eternas y ese olor a gasolina mezclada con aromatizante barato, abrir las ventanas no era insuficiente para que el mareo pasara. Paradas constantes en diversas ciudades donde los vendedores se subían a ofrecer panes típicos, frituras, dulces regionales, bebidas. El cansancio provocaba llanto, malestar, quejas que ponían a prueba la enorme paciencia de mi madre.

Tal vez hay trayectos de los que la memoria decide protegernos de mirar con demasiada claridad. Lo cierto es que llegar a Tijuana fue entrar, por primera vez, a un territorio donde entendí lo que significaba ser “de fuera”.

“Chilanga”, esa palabra me perseguía en la escuela aunque yo no entendiera del todo su origen ni significado. Pero la intención de dolo sí la entendía. Los niños siempre encuentran maneras precisas de marcar las diferencias. Y, sin embargo, incluso en medio de la hostilidad, aparecen personas capaces de alterar el rumbo emocional de una vida. Para mí, una de ellas fue Liliana.

Yo no tenía libros. Las maletas las llenamos de chamarras y ropa suficiente para sobrevivir al frío del que todos hablaban. No hubo espacio para los útiles pese a que era mitad de ciclo escolar. Liliana lo notó antes que nadie y acercó su libro a mí para que pudiera seguir la lectura, yo rápido moví mi mesabanco junto al de ella. Ahí algo cambió.

La empatía rara vez llega haciendo ruido. Casi siempre entra en silencio. A 40 años de distancia aún conservo muy clara la imagen de esa niña: perfectamente peinada de dos coletas, uniforme impecable, zapatos limpios, útiles acomodados en pequeñas bolsas de colores, lonchera combinada con la mochila. Era seria, reservada, distinta al resto de los niños que escandalizaban en el salón. Yo la observaba con admiración infantil. Ella compartía conmigo algo que probablemente le era cotidiano, pero a mí ese gesto me dio estabilidad.

Con los años descubrí que Tijuana está llena de personas como Liliana. Gente que me abrió espacio antes de preguntarme de dónde venía. Que compartió contactos, trabajo, amistad, palabras nuevas, códigos de la frontera, formas distintas de entender el mundo. Tijuana me enseñó su propio idioma: un español mezclado con el inglés; me dio la capacidad de ser híbrida, de ser parte de las migraciones, de resolver las urgencias en comunidad y estar lista para los reinicios.

Ahí viví durante 37 años. Ahí me formé. Ahí encontré amistades profundas, el amor, la maternidad, una profesión. Ahí aprendí que la frontera tiene un significado diferente para quien vive en ese territorio; durante mucho tiempo, para mí fue solamente tránsito. Ir y venir. Compras, paseos, visitas de un día y regresar a casa. La línea divisoria parecía más administrativa que emocional.

Pero los significados cambian. Ahora creo que por eso nació esta columna. Porque llega una edad en la que uno voltea a ver su propia historia como quien observa el vuelo de un colibrí: entendiendo que nunca fue quietud lo que sostuvo su vida, sino movimiento.

Migrar no siempre significa abandonar un país. A veces significa abandonar la versión de uno mismo que creía pertenecer por completo a un lugar. Y entonces comienza el verdadero aprendizaje: construir identidad mientras todo alrededor cambia.

El colibrí puede permanecer suspendido en el aire gracias a un equilibrio invisible y agotador. Muchas mujeres migrantes viven así durante años. Sosteniendo familias, trabajos, duelos, idiomas y nostalgias al mismo tiempo. Desde fuera todo se ve natural, no parece haber motivos para quejarse. Desde dentro, requiere una energía inmensa.

Quizá por eso nos reconocemos unas a otras incluso sin hablar demasiado. Porque hay experiencias que dejan una especie de memoria compartida: la niña nueva en el salón, el acento que provoca burlas, la mano inesperada que se extiende, el miedo de los adultos intentando no romperse frente a sus hijos, el cansancio de empezar de nuevo.

Y aun así, seguir. Como un colibrí. Persistiendo en el aire aunque el viento cambie de dirección.