Hay algo que me persigue después de escuchar historias como la de Edith Fuentes: la constatación persistente de que muchas redes comunitarias no nacen desde la abundancia, sino desde la falta. Desde ese hueco que deja el desarraigo, la soledad, el no saber a quién llamar cuando la vida se desordena en otro país.

Magnolias, la red que Edith ha tejido para mujeres latinas en San Diego, no es solo un proyecto comunitario. Es una respuesta emocional convertida en estructura. Y eso, en sí mismo, ya es una forma de política cotidiana.

Edith no lo dice así, pero lo sugiere en cada recuerdo: la soledad que vivió hace más de tres décadas volvió a aparecer durante la pandemia, cuando empezó a leer mensajes de mujeres recién llegadas a San Diego que decían no conocer a nadie, no entender el entorno, sentirse suspendidas.

En ese espejo colectivo, entendió algo esencial: lo que no se nombra, se repite. Y lo que se repite, duele en silencio.

De esa herida nace Magnolias. Y de esa misma herida nace una pregunta que me acompaña desde entonces: ¿qué hacemos con nuestras carencias cuando dejan de ser individuales y se vuelven compartidas?

En la naturaleza, el colibrí parece responder sin palabras. Es un cuerpo pequeño que desafía lo improbable: vuela hacia atrás, se sostiene en el aire, se alimenta del néctar más delicado sin destruir la flor. No impone peso, pero deja movimiento. No permanece, pero transforma.

Hay algo del colibrí en estas redes que emergen en las comunidades migrantes: no parten de la fuerza, sino de la precisión del encuentro. No buscan dominar el paisaje, sino sobrevivir en él sin romperlo. Y, sobre todo, entienden que el movimiento es también una forma de pertenencia.

Magnolias funciona así. A través de círculos de acompañamiento, mentorías entre mujeres, talleres de autocuidado y redes laborales, ha tejido algo más que programas: ha creado continuidad emocional. Un hilo que sostiene a quienes llegan sin mapa.

Pero lo que más me interesa no es solo lo que hace, sino desde dónde lo hace. Edith no construye desde la idea de “ayudar a otras”, sino desde el reconocimiento de una fractura común. Y ahí aparece algo fundamental: la comunidad no como asistencia, sino como espejo.

En estas entrevistas —y en otras que he venido realizando con mujeres que organizan, acompañan, sostienen— empecé a notar un patrón. Muchas de estas iniciativas nacen de experiencias de desconexión profunda: migración, duelo, pérdida de estatus, silencio institucional. Y sin embargo, en lugar de quedarse en la narrativa del daño, transforman esa experiencia en infraestructura social.

Eso me llevó a pensar en la necesidad de crear un espacio propio desde esta mirada: un lugar donde estas historias no sean excepciones inspiradoras, sino parte de una conversación colectiva sobre lo que significa construir desde la deconstrucción. Porque no siempre llegamos a “empezar de nuevo”; muchas veces llegamos a recomponer lo que se rompió sin manual de instrucciones.

El colibrí vuelve aquí como metáfora insistente. No solo por su fragilidad aparente, sino por su inteligencia del entorno. Sabe exactamente dónde detenerse, cómo sostenerse en lo inestable, cómo moverse sin destruir lo que lo alimenta. En un sentido simbólico, eso es lo que hacen estas redes: habitan la fragilidad sin convertirla en ruina.

“Aquí nadie camina sola”, dice Edith. Y aunque la frase suena sencilla, encierra una inversión profunda: nadie debería tener que construir su supervivencia en soledad.

Quizás lo más potente de Magnolias no es su capacidad de acompañar, sino su origen honesto. No nace de una estrategia institucional, sino de una memoria emocional. Y eso cambia todo: cuando una red se construye desde la carencia compartida, deja de ser asistencia y se vuelve pertenencia.

En tiempos donde se habla tanto de resiliencia, vale la pena recordar que resistir no siempre es aguantar. A veces es volar como el colibrí: con precisión, con ligereza, sin olvidar que el aire también sostiene.

Y en ese vuelo colectivo, tal vez entendamos que no se trata solo de no caminar solas, sino de aprender a habitar juntas el mismo temblor del camino. Si quieres ser parte de Magnolias escribe a magnoliasusa@gmail.com, o manda WhatsApp al (619) 638-4290

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