Junio tiene un significado especial, es el Mes Nacional de la Herencia Inmigrante, una conmemoración que nació a partir de iniciativas comunitarias impulsadas desde la década de 2010 y que busca reconocer la contribución de generaciones de inmigrantes a la construcción económica, cultural y social del país. Sin embargo, este junio llega envuelto en incertidumbre, temor y resistencia.

Desde aquí, donde las historias de migración son tan cotidianas, las palabras de Gladis Molina, directora ejecutiva del Centro Young para los Derechos de los Niños Inmigrantes, tuvieron una resonancia particular en mí. Gladis fue una niña indocumentada en California durante los años noventa, una década marcada por discursos políticos que presentaban a los inmigrantes como una amenaza; mensajes terminaron infiltrándose en leyes, políticas y decisiones que afectaron la vida de miles de familias.

“No podemos negar que estamos atravesando un momento difícil para las familias inmigrantes”, afirma en un correo electrónico donde invita a hacer donativos al Centro. Una reflexión nacida de la experiencia propia. Gladis, como muchos niños inmigrantes, aprendió temprano lo que significa sentirse ajena en el lugar donde se crece. Pero también descubrió algo más poderoso: que siempre habrá maestros, defensores y aliados que aparecen cuando parece imposible avanzar. Quizá por eso hoy dirige una organización dedicada precisamente a proteger a niños inmigrantes que enfrentan procesos legales complejos y situaciones de extrema vulnerabilidad.

Las heridas de su infancia se convirtieron en herramientas. La incertidumbre se convirtió en empatía. La exclusión se transformó en comprensión. Y el miedo de aquella niña encontró una respuesta en el liderazgo de la mujer que es hoy.

Así como algunos colibríes cruzan fronteras en búsqueda de alimento, refugio y mejores condiciones para vivir, la historia migratoria de América del Norte también está compuesta por millones de viajeros impulsados por la esperanza. Sin embargo, incluso el colibrí más resistente necesita flores donde detenerse. Es ahí donde Gladis Molina introduce una palabra que merece atención: Waymakers. Constructores de caminos. Personas que ofrecen una mano cuando el sistema parece diseñado para excluir.

“Los niños inmigrantes pueden estar armados con resiliencia, pero aún necesitan que estemos presentes para ellos”, señala Molina. Su mensaje desafía una narrativa frecuente que romantiza la resiliencia de los migrantes. El Centro Young trabaja para que la niñez inmigrante tenga una voz y un acompañamiento que le permita navegar sistemas complejos que muchas veces ni siquiera los adultos comprenden.

En una época donde el odio, el racismo y la intolerancia parecen amplificarse con demasiada facilidad, historias como la de Gladis recuerdan que existe otra tradición entre el pueblo estadounidense igual de poderosa: la de quienes han decidido convertirse en esos rayos de luz capaces de guiar a otros en medio de la oscuridad. Para conocer más sobre cómo convertirse en un Waymaker se puede consultar theyoungcenter.org