Beba Zárate señala hasta dónde subió el agua en su vivienda. Foto: Horacio Rentería/El Latino San Diego.

Por Beba Zárate

Un acto natural fue el parteaguas para que una comunidad en el sureste de una de las ciudades más finas de Estados Unidos, en el área de San Diego, fuera mencionada después de una tormenta invernal que el Departamento de Meteorología anunciaba.   Decían que era una tormenta que llegaría al área y que se tomaran las medidas de precaución,  nadie se imaginaba, ni por un segundo, que un acto natural o como lo han dicho por ahí, un acto divino, causaría un impacto mayúsculo, tanto en lo material como en lo emocional, para muchas familias residentes del área.  

Tampoco se imaginaba el poder de la unión, de la hermandad, de la solidaridad que surgió entre vecinos y la raza, nuestra gente que se sumó al apoyo de los afectados de la inundación de la tormenta invernal 2024. 

Dicha unión se fortaleció en cada momento a partir de la fecha que cambió e impactó para siempre el vecindario de Shelltown, para ser exactos área postal 92113.  

Enero 22, 2024, 10:30 a.m., una fecha que se quedó grabada e impregnada en cada poro de la piel, en cada neurona del cerebro, en cada lágrima que se derramó de angustia, frustración e impotencia, en cada grito que se escuchaba por doquier. 

Cada grito desgarrador golpeaba agresivamente el alma. “Estoy atrapada, no puedo salir” “mis perritos, mis gatitos están ahogándose”, “necesito ayuda”, “el agua no me permite salir”, “por favor… necesito ayuda”, “alguien que me escuche”, “alguien que me ayude”, “aquí estoy”, “mi esposa está atrapada, tengo que ir por ella”.  

Los gritos eran de miedo y mucho dolor, eran tan fuertes como la lluvia que caía y el instinto de sobrevivencia que se aferraba a todo. 

Hasta parecía que la misma lluvia sentía la angustia, pero su naturaleza es parte de un ciclo natural, llegar a cumplir su cometido, fluir y buscar su cauce.

Eso fue lo que hizo. Lo que no era parte de la naturaleza es la negligencia del mantenimiento de canales y arroyos del área. 

La lluvia estaba tan fría que congelaba el cuerpo al instante. Cada vez se intensificaba más, hasta que en un abrir y cerrar de ojos sucedió lo imaginable, sin dar tiempo a más nada, el nivel del agua subía sin ninguna explicación. 

Subía tan rápido, arrasando y llevándose todo a su paso sin tregua alguna.  

Calles que antes eran transitadas por los residentes y conductores ahora eran calles con corrientes de agua, un canal desbordado, agua pestilentes, sucias buscando su cauce. 

Residentes del área luchando contra las corrientes para ponerse a salvo, un viento que por instantes llevaba hacia un rumbo diferente.

Preparados o no, algo era tan cierto como lo que se estaba viviendo en el momento: luchar a toda costa y todo pronóstico por sobrevivir.

No había tiempo de cuantificar lo que se quedaba atrás ni se tenía herramientas para salvaguardar la vida. 

Se tenía que hacer con lo que había y se podía.   

Se tenía que salir al frente de la gran tormenta invernal. Ya no eras un espectador, ahora eras parte de la realidad, de una cruda y espeluznante realidad.  

Seguir era el objetivo. La escena de la vida que cambiaría la perspectiva, en definitiva tal vez sería la última y se tenía que vivir al máximo.  

Se dice que después de la tormenta llega la calma… cuánto tiempo pasará a que la calma sea parte del diario vivir de los residentes de Shelltown, tomará tiempo a que el arcoíris llegue y el estado mental no golpee fuerte como la lluvia, sino que sea un punto de balance y armonía.

Hoy toca vivir el presente, el hoy, así nomás… el hoy en tiempo y forma… ¡cada vida cuenta!

Beba Zárate

Family Coach, Teacher, and Behavior Specialist

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