El reciente cierre de las oficinas y bodegas del Fondo de Cultura Económica (FCE) en San Diego ha desatado un escándalo binacional en los últimos días.

Más de 90 400 libros donados a diversas instituciones y organizaciones comunitarias quedaron temporalmente apilados al aire libre en el estacionamiento del Departamento del Sheriff del Condado de San Diego (5590 Overland Avenue), donde cualquier transeúnte podría llevarlos consigo, hecho que fue denunciado por ciudadanos a través de sus redes sociales y ante medios de comunicación de ambos lados de la frontera.
Tras la publicación de estos hechos, mediante un comunicado oficial, el gerente de Vinculación Internacional del FCE, Ezra Alcázar, defendió la medida, asegurando que los libros no estaban abandonados y que la disposición era solo un resguardo temporal mientras se reempacaban y distribuían.
Sin embargo, más allá de que esta postura calmara los ánimos, la indignación ciudadana cobró mayor fuerza en redes sociales, cuestionando la coherencia entre la acción y los valores que la editorial mexicana declara promover en su portal oficial: respeto, igualdad, equidad de género, cooperación, liderazgo, justicia, generosidad, trabajo en equipo, calidad y fomento a la lectura.
“¿Un estacionamiento destechado es un lugar seguro para los libros? Qué vergüenza que la editorial del Estado más importante del país no tenga la capacidad de gestionar el trato digno para los libros”, criticó en Facebook Felippe Cruz, lector y activista cultural. Por su parte, Amalia Le Blanc subrayó en la misma red: “Muy irresponsable dejar el resto en un estacionamiento sin techo. Reprobable actuación de los encargados”.

María Dolores Bolívar, activista cultural, visitó el lugar y describió con preocupación la escena: “Con detenimiento, seguido de estupefacción, angustia y tristeza, fui yo misma al sitio… ahí había no menos de un par de decenas de miles de libros, en el suelo, a la intemperie. Al tercer día, las pilas bajaban porque personas independientes, maestros y estudiantes en su mayoría, comenzaron a llevarse los ejemplares”.
Entre los libros se encontraban obras de Cristina Pacheco, Rosario Castellanos, Fernando del Paso, Elena Poniatowska y Luisa Valenzuela, así como colecciones de historia, filosofía, teatro y literatura. Algunos títulos especializados de Ediciones Joaquín Mortiz y del Colegio de México permanecieron sin ser retirados.
El FCE, mediante el comunicado, aseguró se han realizado donaciones a 27 instituciones en Estados Unidos y cinco en México, entre ellas la San Diego County Library, la American Academy of Pediatrics – Reach Out and Read, y la Escuela Migrante de Tijuana – Love Does.
ALTERNATIVAS IGNORADAS
Desde la lógica común, las soluciones para evitar el desdén hacia su propio acervo parecen muy sencillas.
Podría haberse recurrido a oficinas del gobierno mexicano ubicadas en San Diego, como el Consulado General de México (1549 India St.), que pudo ser un espacio seguro y oficial para resguardar temporalmente los libros.
Incluso el alquiler de una bodega estándar, con un costo promedio de 115 USD mensuales (aproximadamente 2 200 MXN), resultaba razonable frente al valor cultural y económico del acervo, que asciende a unos 9 040 000 MXN considerando el precio promedio de los libros de bolsillo (100 MXN). En dólares, el valor total de los libros alcanza cerca de 452 000 USD, mientras que almacenar los ejemplares por seis meses habría costado solo 690 USD.
Sin embargo, funcionarios del FCE rechazaron organizar o participar en eventos locales para distribuir los libros, argumentando que las donaciones se canalizaron a través de instituciones receptoras, lo que generó críticas sobre la falta de sensibilidad hacia la comunidad lectora.
Comentarios en redes destacaron que la donación no debía implicar la exposición del material a la intemperie y que existían alternativas para distribuirlo de forma digna y organizada.
Algunas opciones que pudieron considerarse ante el inminente cierre de las instalaciones, era la coordinación de módulos de distribución con organizadores de actividades realizadas por instancias gubernamentales del vecino país durante las últimas semanas como el Tianguis Turístico, la Ventana a México, las diversas ediciones de Art Walk, incluso en celebraciones de espacios comunitarios como House of Mexico, Chicano Park, Casa Familiar o el reciente aniversario del Parque Binacional de la Amistad, donde la presencia de la comunidad latina es muy nutrida y el aprecio por la literatura en español es alto. Bastaba hacer presencia con el Book Truck que el mismo titular del FCE, Paco Ignacio Taibo II echó a andar aqui en San Diego para llegar a centenas de grupos y organizaciones de origen latinoamericano que pudieron tener la oportunidad de recibir obras escritas en su idioma.

No parece ser complicada también una logística sencilla de traslado hacia el sur de la frontera para organizar entregas a través de municipios fronterizos de México como Tijuana y Mexicali, así como con la Secretaría de Cultura estatal cuyos titulares sin duda habrían recibido con gusto los ejemplares. Estas vías habrían fomentado la lectura, fortalecido el acceso a la cultura y respaldado la presencia del FCE en la comunidad binacional.
VOCES SIN FRONTERAS
Desconocer la dinámica de la vida en la frontera tiene sus consecuencias, y fue precisamente esa dinámica la que detonó la serie de reclamos al FCE por viajeros tijuanenses que recorren cotidianamente las calles sandieguinas y que reconocen logos, nombres, aspectos y personajes de su país y que no dudan en alzar la voz. En redes sociales, los comentarios abundaron:
José Manuel Rivera: “Si el FCE quiere fomentar la lectura, empezar por cuidar sus libros sería un buen primer paso.”
Lucía Gómez: “No se trata solo de donar, se trata de hacerlo con dignidad. ¡Qué irónico hablar de justicia y bien común mientras los libros se mojan al aire libre!”
Mariana Torres: “El fomento a la lectura debería incluir planificación y respeto por los autores y lectores, no caos logístico.”
UNA CONTRADICCIÓN
La realidad en San Diego evidencia un choque irónico entre palabras y hechos: mientras los libros deberían ser un puente cultural, terminaron expuestos a la intemperie, ignorando los valores de respeto, equidad y cooperación que la institución promueve.
La misión del FCE es editar, producir, comercializar y promover obras culturales nacionales, iberoamericanas y universales, orientadas a la creación, transmisión y discusión de valores e ideas, así como a la formación de lectores, estudiantes y profesionistas. Su visión es ser una editorial esencial en el impulso a la cultura y la educación, enfocada en la inclusión de los sectores más vulnerables y en el acceso a materiales educativos a bajo costo, promoviendo la lectura desde la infancia hasta la adolescencia.
El episodio refleja la tensión entre la misión declarada del FCE de promover la lectura y la cultura y la ejecución práctica de sus políticas, evidenciando la falta de planificación, sensibilidad y coordinación con la comunidad lectora.
Ciudadanos, activistas y especialistas culturales exigen transparencia, medidas responsables y estrategias de distribución eficientes, mientras la polémica persiste sobre cómo deberían manejarse cierres de sucursales y la entrega de libros, recursos esenciales para la promoción cultural en la frontera, aunque su titular, Paco Ignacio Taibo, califique de amarillista el enfoque de las publicaciones y opiniones en torno al tema.

