Con la misma intensidad con la que alguna vez enfrentó a las mejores tenistas del mundo, hoy Angélica Gavaldón habla sobre su vida después del tenis de campeonato. Ya no hay graderías ni reflectores, pero sí una convicción clara: el deporte debe formar personas antes que campeones.
“En Tijuana, Baja California, mi papá (Sergio Gavaldón) siempre fue aficionado al tenis y gracias a su gran pasión nos invitó a todos a aprender”, recuerda Gavaldón.
Nacida en El Centro, California, pero criada durante algunos años en Tijuana, Angélica creció en un entorno familiar donde el deporte era parte de la vida cotidiana. “Nos llevaba mucho al Club Britania y ahí empezamos con clases. Mi mamá aprendió también. Nos empezaron a meter a torneos”, cuenta.
UN SUEÑO SIN FRONTERAS

La imagen que encendió su vocación quedó grabada desde la infancia. “Yo vi Wimbledon en la televisión cuando tenía seis años… me enamoré de los vestiditos que traían todas. Y dije: ‘Papá, yo un día quiero jugar ahí’”.
No hubo presión temprana, asegura. “Mis papás no eran obsesivos de ‘tienes que competir’. El deporte era para la familia”. Sin embargo, los resultados llegaron demasiado pronto y con ellos las oportunidades.
La ubicación fronteriza marcó la diferencia. “Como estamos en la frontera, nos empezaron a meter en torneos también en San Diego, donde se daba mucha más competencia y mis hermanos y yo empezamos a sobresalir”, explica.
Ese roce constante con el alto nivel impulsó su desarrollo. “Entre mejores resultados tienes, más oportunidades se te abren”, dice. A los 14 años, Gavaldón jugó su primer torneo profesional tras ganar una preclasificación en San Diego para un evento WTA. Así comenzó una carrera fuera de lo común.
HISTORIA PARA EL TENIS
A los 16 años, Angélica Gavaldón alcanzó los cuartos de final del Abierto de Australia, uno de los cuatro torneos de Grand Slam. No fue casualidad: lo repetiría en 1995, consolidándose como una de las tenistas más destacadas vinculadas al tenis mexicano. Gracias a su doble nacionalidad Gavaldón pudo aprovechar oportunidades y recursos en ambos lados de la frontera.
Durante su carrera profesional alcanzó el ranking 34 del mundo en la WTA, la mejor posición lograda por una tenista mexicana hasta ese momento. Compitió en Wimbledon, US Open, y representó a México en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 y Atlanta 1996. Pero el éxito llegó acompañado de una carga invisible.
CRECER DEMASIADO RÁPIDO
“Yo era una niña viviendo la vida de un adulto”, confiesa. Ella vencía a jugadoras dentro del top 80 del mundo, mientras la WTA limitaba su participación por ser menor de edad.
“Es una profesión de todos los días. Imagínate: agentes, managers, entrenadores, universidades… todo cuando tenía 14 años”, relata.
La presión no solo era deportiva. “Había vivencias muy fuertes en el circuito profesional. No hay una burbuja que te proteja”.
Gavaldón reconoce que hubo un quiebre emocional profundo. “Llegó un punto en que ya no quería jugar. Todo el amor que le tenía al deporte lo perdí por mucho tiempo. Se volvió una presión existencial”.
Habla también del impacto familiar: “La atención familiar se centró en mí, por una parte mis hermana sentía que no le hacían mucho caso y, por otra, mi hermano me cuidaba de que mis novios no me quitaran tiempo ni me distrajeran”, recuerda. En silencio, como muchos atletas de su generación, cargó con ansiedad y confusión en una época donde la salud mental no se discutía.
“Ahora entendemos que muchos deportistas pasaron por depresiones y desórdenes mentales. Antes no se hablaba de eso, estaba estigmatizado. Yo también lo sufrí”, afirma.
EL RETIRO Y LA IDENTIDAD
La reflexión llegó con los años. Gavaldón recuerda una entrevista de Lorena Ochoa que la marcó. “Ella decía que sus papás siempre le dieron valor como ser humano, no solo como golfista. Eso hizo que retirarse no fuera tan difícil para ella”.
En el caso de Angélica, el tenis fue su identidad por muchos años. “Cuando ya no fue tenis, pensé: ‘¿Y ahora qué voy a hacer?’”. Ese proceso, reconoce, es uno de los más duros para los atletas de alto rendimiento.
MENTORA DE ALTO VUELO

Retirada del circuito profesional desde el año 2000, Gavaldón dedica su tiempo a entrenar, guiar y apoyar a jóvenes tenistas, tanto en Tijuana como en San Diego. Desde 2002, Gavaldón dirige un programa en el Centro de Tenis de Coronado e imparte clases a pequeños de kínder y primaria en Chula Vista.
Así como programas extracurriculares y clínicas comunitarias, además es coach de estrellas como Renata Zarazúa, número 1 de la WTA de México, a quien asesora para desarrollar fortaleza mental y resiliencia, guiándola durante las presiones del circuito profesional. Gavaldón también está en contacto con su exalumna Midori Castillo Meza, excampeona nacional júnior.
“Estoy muy involucrada en el tenis de Tijuana y aquí en San Diego. Mi trabajo es aportar y guiarlos de la mejor manera posible”, explica.
Entrena a niños que cruzan la frontera para practicar con ella y colabora en programas como el de Real del Mar en Tijuana, donde planea abrir una escuela para el impulso de jóvenes talentos, además de clínicas comunitarias apoyadas por la USTA (Asociación de Tenis de Estados Unidos)
Algunos de sus alumnos han conseguido becas en División Uno; otros aspiran al profesionalismo. Su enfoque hoy es integral. “La parte mental es clave. Aprender a manejar la presión”. Por eso ofrece pláticas para padres, donde aborda uno de los vínculos más complejos del deporte competitivo. “Es difícil saber cuándo exigir y cuándo aflojar. Cómo apoyar sin quemar al hijo. A mí me pasó”, dice con honestidad. Detalles sobre sus pláticas y clases se pueden conocer en su perfil Facebook.com/GavaldonAngelica

HERRAMIENTA DE VIDA
Pese a todo, su amor por el deporte permanece intacto. “El tenis es un deporte hermoso. Todos los estudios dicen que es el que más longevidad te da: trabajas el cardio, lo social, aprendes a ganar y a perder”.
Más allá del alto rendimiento, su mensaje es claro: “Lo más importante es que los niños hagan deporte. Para la salud física y mental es el mejor regalo que nos podemos dar”.
Hoy Angélica Gavaldón encarna un nuevo legado: el de una campeona que entendió que el verdadero triunfo está en formar personas fuertes, conscientes y felices, y a eso dedica sus esfuerzos en ambos lados de la frontera.

