Hay algo que no te dicen cuando migras: no se trata sólo de aprender otro idioma, sino de aceptar que vas a empezar a vivir en dos. No ocurre de inmediato. Al principio todo es traducción. Traduces lo que escuchas, lo que dices, lo que sientes. Traduces incluso quién eres. Buscas palabras que se acerquen a lo que antes te definía con precisión: tu profesión, tu carácter, tu historia. Pero hay matices y versiones de ti que no caben completas en el otro idioma.

Con el tiempo, algo cambia. Vas dejando de traducir cada palabra y comienzas a vivir entre ellas. Una parte de ti se organiza en inglés: lo práctico, lo urgente, lo que te permite funcionar. Otra se queda en español: lo íntimo, lo que todavía no necesita explicarse. No es una división exacta, pero es real.

Vivir así no es necesariamente un conflicto, pero tampoco es una armonía perfecta. Es una negociación constante, como el colibrí que se sostiene en el aire sin posarse del todo, ajustando cada movimiento para no caer.

En San Diego, esa negociación se vuelve cotidiana. En el trabajo, aprendes códigos que no siempre se explican: cómo hablar, cuándo intervenir, cómo presentarte sin parecer demasiado o muy poco. Afuera, en la vida diaria, hay momentos en los que todo fluye y otros en los que una simple conversación te recuerda que sigues siendo extranjera en el lugar donde vives. Sin darte cuenta, desarrollas una agilidad distinta: cambias de registro, lees el entorno, te adaptas. No es automático, pero es constante.

Del otro lado, en Tijuana, tampoco eres exactamente la misma. Regresas y notas que algo en ti se movió. Las referencias siguen ahí, pero tu manera de habitarlas cambió de alguna manera. Como el colibrí que cruza una y otra vez el mismo espacio, sabes que el territorio es familiar, pero que necesitas encontrar un nuevo punto de equilibrio.

Y en medio están los hijos. Ellos no traducen. Ellos habitan. Cambian de idioma sin anunciarlo, pertenecen sin pedir permiso. Los ves moverse con naturalidad en un mundo que a ti todavía te exige atención constante. Ellos cruzan ese muro invisible con la ligereza del colibrí; tú, en cambio, aún sientes el peso del vuelo y luchas cada vez para sostenerlo mejor. Ahí aparece una verdad incómoda y, al mismo tiempo, liberadora: no vas a volver a ser de un solo lugar.

Durante mucho tiempo pensé que la meta era integrarme por completo, dejar de sentir esa diferencia, cerrar la distancia. Ahora entiendo que no se trata de resolverla, sino de sostenerla. Como el colibrí que no elige un solo lado del jardín, sino que encuentra sustento en ambos, una aprende a moverse sin certezas fijas, a resistir en lo cotidiano, a afinar la mirada.

Porque vivir entre dos culturas también fortalece. No sólo te divide: te entrena. Te obliga a adaptarte, a leer con más precisión, a construirte desde adentro cuando lo externo ya no basta. No es una identidad fragmentada. Es una identidad en expansión. Y en ese espacio —inestable, a veces incómodo, pero profundamente fértil— comenzamos, poco a poco, a reconocernos de nuevo.

Historias y sugerencias a colibriborder@gmail.com 

IG @colibri_border