Cuando el Estado comienza a llamar “extraordinaria” a tu existencia, el miedo sube de intensidad. Jimena lo entendió leyendo una carta de su abogado.

Ella, como miles de mujeres en este país, llevaba dos años esperando respuesta sobre su Green Card. Dos años levantándose antes del amanecer para enfrentar los retos del día, del idioma, del trabajo, de la familia, de una sociedad a la que no termina de pertenecer. Dos años reuniendo documentos mientras intentaba no cometer errores.

Creía que estaba construyendo estabilidad. Pero una nueva orden federal le dejó claro algo distinto: permanecer en Estados Unidos mientras espera la residencia permanente ya no es visto como parte normal del sistema, sino como un beneficio “extraordinario”. Eso cambia todo. 

Frente a estas nuevas circunstancias queda a la vista el parecido entre las mujeres migrantes y los colibríes. Mientras estas aves están suspendidas en el aire, su corazón late aceleradamente, baten sus alas con una intensidad invisible para sostenerse apenas unos segundos frente al viento.

Así viven muchas mujeres inmigrantes. Suspendidas entre permisos temporales, entrevistas migratorias, recibos de USCIS y fechas de expiración. Sin caerse, pero sin lograr tampoco tocar tierra firme.

El gobierno sostiene que es un ajuste administrativo, pero para quien dejó todo atrás significa decirle que quizá tendrá que abandonar el empleo que sostiene a sus hijos, sacarlos de la escuela y regresar a un país donde muchas veces ya no tiene estabilidad ni red de apoyo.

La ley habla de discrecionalidad. Pero las mujeres migrantes hablan de supervivencia.

Jimena dobló la carta y la guardó junto a sus permisos de trabajo vencidos con la mirada perdida, no compartió lo que sentía en ese momento. Ella no habla de política migratoria. Habla de renta, de comida y de si debía renovar el contrato del apartamento o prepararse para partir, así como cuando el colibrí parece inmóvil, pero en realidad sus alas están en una intensa lucha contra el viento.

Tal vez por eso cada nueva política duele tanto. Porque miles de mujeres descubrieron que después de años trabajando para construir una nueva vida en Estados Unidos, el sistema todavía las observa como figuras suspendidas en el aire: esforzándose sin la certeza de finalmente poder hacer nido.

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