Desde que conocí el proyecto Mujeres Pájaro. Mujeres Transfronterizas, de la artista Alejandra Phelts se generó en mi cabeza la imagen de un ave surcando el cielo sin barreras.

Un ave que no muestra documentos. No se detiene frente a un muro fronterizo. Simplemente vuela. Una metáfora que se vuelve más conmovedora en una región donde casi todo se mide por la capacidad de cruzar entre ambos lados de frontera.

Una región donde hablamos de tiempos de espera, de visas, de garitas, de muros, de políticas migratorias. Donde hemos aprendido a construir la frontera desde el concreto, desde las estadísticas y desde el conflicto. Y, sin darnos cuenta, dejamos de mirar a quienes la habitan todos los días.

Y es la obra de Phelts donde encuentro la propuesta de un gesto sencillo, pero profundamente transformador: levantar la mirada. Ella visibiliza a esas mujeres que no ignoran la frontera. La conocen. Viven con ella. La cruzan o la sienten presente incluso cuando no la atraviesan. 

Sin embargo, son mujeres que no permiten que esa línea defina toda su existencia. Son mujeres que trabajan, crean, cuidan, ríen, sostienen familias a ambos lados de la frontera y construyen una identidad que no cabe en un solo país.

Mientras como mujer de frontera pude observar a las mujeres pájaro de Ale, pensé en las mujeres que he conocido durante mis años como periodista. Las que salen de madrugada para llegar a tiempo a su trabajo en San Diego. Las que regresan por la noche para cenar con sus hijos en Tijuana y viceversa. Las que crecieron hablando dos idiomas sin preguntarse cuál era el propio. Las que aprendieron que el hogar, a veces, tiene dos direcciones.

Ellas son las mujeres pájaro. Lo son porque han desarrollado una forma distinta de entender la pertenencia. No viven entre dos mundos; viven construyendo uno nuevo, donde las fronteras existen, pero no alcanzan a romper los vínculos ni los afectos.

En tiempos en que la conversación pública suele reducir la migración a crisis, cifras o discursos políticos, el arte tiene la capacidad de recordarnos algo esencial: detrás de cada cruce hay una vida que no puede resumirse en un expediente. 

Hay sueños, rutinas, pérdidas, encuentros y una infinita capacidad de adaptación. Tal vez ahí radica la fuerza de la propuesta de Alejandra Phelts. 

Ella no busca convertir a las mujeres fronterizas en heroínas ni en víctimas, más bien logra devolverles algo mucho más valioso: su complejidad.

Los colibríes, esas pequeñas aves que inspiran el nombre de este espacio, desafían las leyes de la gravedad con una delicadeza que parece imposible. Las mujeres de la frontera hacen algo parecido. Todos los días sostienen el peso de dos culturas, dos idiomas, dos países y múltiples responsabilidades, mientras siguen encontrando razones para avanzar.

Quizá nunca dejemos de tener muros. Pero mientras existan mujeres capaces de imaginar el vuelo y el talento de artistas como Alejandra para darles una nueva perspectiva, siempre habrá otra manera de mirar la frontera. 

Si quieres conocer más sobre Alejandra Phelts y su obra consulta pheltsartist.com